ARQUEOLOGÍA IBEROAMERICANA
VOLUMEN 39 +» SEPTIEMBRE 2018 + AÑO X + ISSN 1989-4104
NUEVOS APORTES A LA CRONOLOGÍA DE LOS SITIOS ALAMITO (DPTO. ANDALGALA, CATAMARCA). ¡Vew Contributions to the Chronology
of the Alamito Sites (Andalgalá Department, Catamarca) (pp. 3-15).
LA FRONTERA NORTE DE MESOAMÉRICA Y LA CULTURA BOLAÑOS. The Northern Border of Mesoamerica and the Bolaños Culture
(pp. 16-28).
“TECNOLOGÍA CERÁMICA DE Los RADALES 1. PERIODO ALFARERO TARDÍO (EL VERGEL), SECTOR ORIENTAL CORDILLERANO DE LA
CUENCA VALDIVIANA (NEUQUÉN, PATAGONIA ARGENTINA). Ceramic Technology from Los Radales 1. Late Pottery Period (El
Vergel), East Cordilleran Sector of the Valdivian Basin (Neuquen, Argentine Patagonia) (pp. 29-35).
Más DE 100 AÑOS ININTERRUMPIDOS DE REGISTRO GEOMAGNÉTICO EN MÉXICO: IMPLICACIONES EN LA DATACIÓN ABSOLUTA DE
ALGUNOS EDIFICIOS HISTÓRICOS. More than 100 Uninterrupted Years of Geomagnetic Record in Mexico: Implications in the
Absolute Dating of Some Historic Buildings (pp. 36-43).
LA NATURALEZA EN LA CULTURA BOLAÑOS CON ÉNFASIS EN LOS ANIMALES. Nature in the Bolaños Culture with an Emphasis on
Animals (pp. 44-56).
EL BINOMIO METATE/METLAPIL EN EL CÓDICE VINDOBONENSIS: ESTUDIO DE CASO. The Metate/Metlapil Binomial in the Vindobonensis
Codex: A Case Study (pp. 57-66).
UNA ECUACIÓN ESTADÍSTICA PARA MEDIR EL RIESGO DE GUERRA EN LA MESOAMÉRICA PREHISPÁNICA. A Statistical Equation to
Measure the War Risk in Pre-Hispanic Mesoamerica (pp. 67-70).
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NUEVOS APORTES A LA CRONOLOGÍA DE LOS SITIOS
ALAMITO (DPTO. ANDALGALÁ, CATAMARCA)
New Contributions to the Chronology of' the Alamito Sites
(Andalgalá Department, Catamarca)
María Soledad Gianfrancisco
Instituto Superior de Estudios Sociales (ISES), CONICET, Argentina
(solegianfranciscoPyahoo.com.ar)
RESUMEN. En este trabajo se analiza críticamente la cronología de los sitios Alamito, construida sobre la base de
dataciones radiométricas y seriaciones cerámicas efectuadas durante el periodo 1950-1995, valorando los alcances reales
de cada uno de estos métodos en función de los estándares de confiabilidad actuales. El resultado es una jerarquización
de la información en función de su fiabilidad, en la que las dataciones efectuadas no son descartadas sino valoradas de
acuerdo con sus limitaciones. Por último, se incorpora la información de nuevas dataciones radiocarbónicas que permiten
plantear un nuevo esquema cronológico para el área.
PALABRAS CLAVE. Cronología; Alamito; seriación; Formativo.
ABSTRACT. This work critically analyzes the chronology of the Alamito sites, based on radiometric dating and pottery
seriations undertaken during the period of 1950-1995, assessing the real scope of these methods in the light of current
reliability standards. The result is a hierarchical organization of information on the basis of reliability, in which the
existing dates are not discarded but valued according to their limitations. Finally, new radiocarbon dates are incorporated,
allowing us to propose a new chronological scheme for the area.
KEYWORDS. Chronology; Alamito; seriation; Formative.
INTRODUCCIÓN
El objetivo de este trabajo es analizar críticamente
los datos sobre los cuales se construyó la cronología de
los sitios Alamito, valorarlos de acuerdo con su confia-
bilidad según los estándares actuales y aportar informa-
ción acerca de nuevas dataciones a fin de contribuir a
la construcción espacio-temporal del proceso social de
Campo de Pucará.
Para ello, se analizarán y discutirán por separado los
datos brindados por la cronología relativa construida
sobre la base de seriaciones y, posteriormente, la cro-
nología absoluta. Por último, se integrará la informa-
ción obtenida de manera que, en la medida que sea
posible, podamos comprender la cronología de estos
sitios para sumarla a los datos que se vienen trabajando
hasta ahora.
LOS SITIOS ALAMITO
El asentamiento se sitúa al pie de la Sierra de Santa
Ana, en el sector NE de Campo de Pucará. El mismo
se distribuye sobre superficies de glacis dispuestas en
las cotas de 1700, 1800 y 1900 ms. n. m. al SE de la
población de La Alumbrera (fig. 1). Posee una varie-
dad de estructuras que, según su forma y tamaño, se
clasificaron como sitios grandes (SG), que correspon-
den a 50 bases residenciales con un diseño arquitectó-
nico circular compuesto por la reunión de cuatro o más
Recibido: 29-5-2018. Modificado: 19-6-2018. Aceptado: 4-7-2018. Publicado: 11-7-2018.
Edited e Published by Pascual Izquierdo-Egea. English proofreading by Jessica MacLellan. Arqueol. Iberoam.
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ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
3 Posible Patrón Alamito
O Patrón Alamito
0 Recinto circular
Ó Estructura circular
M Recinto estructura anexa
O Posible recinto con estructura anexa
Ml Recinto rectangular
9 Muro de contención
O Sitio Inca
G Sector agrícola
/ Linea de Piedra
«> Monticulo
Figura 1. Asentamiento arqueológico «El Alamito».
bi
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
recintos de variada morfología, plataformas ceremonia-
les y un montículo de grandes dimensiones dispuestos
alrededor de un patio central; y 42 sitios medianos (SM)
pertenecientes a montículos y recintos de forma circu-
lar y rectangular que, en ocasiones, se presentan aso-
ciados a estructuras agrícolas (Gianfrancisco y Fernán-
dez 2016).
Los sitios se distribuyen en 450 hectáreas aproxima-
damente, donde se despliega un paisaje agrario de pe-
queña escala con arquitecturas productivas de bajo
impacto, en el cual se contemplan campos de cultivo
con canchones y aterrazamientos con y sin muros peri-
metrales. No se han registrado canales de riego u otro
tipo de evidencias asociadas al mismo. Se han vincula-
do a poblaciones culturales con economía agropastoril
y han sido considerados un caso único dentro de la ar-
queología del noroeste argentino (NOA) (Núñez Re-
gueiro 1998; Gianfrancisco 201 1), sobre todo si los pen-
samos como la expresión material particular de formas
de vida. En un nivel general de síntesis, parecen en parte
semejantes a los de otras comunidades contemporáneas
de la región (i. e. Tafí, Cerro El Dique, Campo Colo-
rado, Saujil) y del altiplano boliviano, por la organiza-
ción de espacios cerrados, o recintos-habitaciones, al-
rededor de un espacio central extenso y abierto o patio
que manifiesta un «patrón» compartido «de asentamien-
to», típico de sociedades aldeanas de base económica
principalmente agrícola, de pequeña escala, habitual-
mente caracterizados como «Formativos» en términos
de la arqueología del NOA.
En un nivel más particular, la configuración espacial
de las unidades constructivas se repite en el paisaje como
módulos independientes, confiriéndoles a estos sitios
ciertas características Únicas para su tiempo y espacio.
Es posible observar así una inédita estructuración del
paisaje que se alejaría de las generalidades de las socie-
dades contemporáneas de la región, registrándose un
patrón de organización espacial con ciertos criterios de
monumentalización de estructuras y manifestaciones
cultuales a escala comunitaria o pública, que contrasta
con las prácticas a escala doméstica en los espacios resi-
denciales del Formativo (Tartusi y Núñez Regueiro
1993):
LA CONSTRUCCIÓN DE LA CRONOLOGÍA
EN CAMPO DE PUCARA
Las investigaciones arqueológicas efectuadas en Cam-
po de Pucará se produjeron en dos etapas. La primera
de ellas corresponde a las excavaciones efectuadas du-
rante los años 1957, 1958, 1959, 1964 y 1966, que co-
menzaron con prospecciones y excavaciones en el sector
suroccidental de la zona de Aguas de las Palomas y fue-
ron realizadas por González en el año 1957 (González
1957, 1960, 1962). En ese mismo año se efectúan ex-
cavaciones parciales en la meseta de 1700 ms. n. m.
(B-0, D-0, H-0, 1-0, P-0, K-0, D-1, G-1, M-1, O-1,
entre otros sitios). En 1958 y 1959 se realizaron exca-
vaciones en varios sitios trabajados anteriormente, tan-
to de la meseta de 1700 como de la de 1800 ms. n. m.
(Núñez Regueiro1998). Durante el año 1964, y con el
objetivo de afinar la cronología a través de la seriación
cuantitativa, se llevaron a cabo una serie de excavacio-
nes en el sitio D-1 de la meseta de 1800 ms. n. m.,
repitiéndose además sondeos estratigráficos en sitios de
1700 ms. n. m. y efectuando otros tantos en el sitio
C-2 de la meseta de 1900 m s. n. m. Ya para el año
1966 se prosiguieron las excavaciones en el sitio D-1 y
se excavó el sitio G-0 de la meseta de 1700 ms. n. m.
A finales de la década del 60, las investigaciones se
ven afectadas en virtud de la revolución argentina de
Onganía que devino en un golpe de Estado en 1966 y,
tras la descomposición del gobierno de María Estela
Martínez de Perón, que sentó las bases para el golpe de
Estado efectuado por la Junta Militar, se produce la rup-
tura de las líneas de trabajo.
La segunda etapa de estudios arqueológicos corres-
ponde a la década de los 90. En ese momento se reto-
maron las investigaciones y se llevaron a cabo trabajos
de excavación y prospección durante 1992, 1993, 1996,
1997 y 1999, tanto en los sitios «Patrón Alamito» S-0,
H-0 y D-1 como en algunas estructuras que no perte-
necen a dicho patrón y que se han dado en llamar Re-
cintos con Estructuras Anexas, Recintos Circulares y
Montículos.
Las primeras dataciones proceden de los sitios B-0,
D-0 y D-1 y fueron publicadas y comentadas por Gon-
zález (1957, 1960, 1962) y Núñez Regueiro (1971).
En el año 1995 se efectuaron nuevas dataciones radio-
carbónicas y de termoluminiscencia en uno de los re-
cintos A del sitio H-0 (Angiorama 1995), y se realizaron
nuevas seriaciones cerámicas (Caria 1996) que han ten-
dido a corroborar dicho esquema cronológico. En to-
tal, se cuenta con 13 dataciones radiocarbónicas y dos
de termoluminiscencia: 11 de las primeras fueron rea-
lizadas por distintos investigadores (González 1960;
Núñez Regueiro 1998; Angiorama 1995) en sitios «Pa-
trón Alamito». Asimismo, y como otra forma de pe-
riodización, se llevó a cabo la seriación de algunos sitios
-5-
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
a partir de secuencias artificiales realizadas en pozos es-
tratigráficos de los montículos mayores de los sitios C-
0, D-0, H-0, L-0, correspondientes a la meseta de 1700
m; y D-1, G-1, O-1 y M-1. De esta manera, ambas
formas de periodización, absoluta y relativa, han sido
las bases sobre las cuales se ha organizado en la década
de 1970 el esquema cronológico vigente, diferencian-
do dos grandes bloques temporales: Alamito I (240-360
d. C.) y Alamito II (360-480 d. C.) (Tartusi y Núñez
Regueiro 1993). Por nuestra parte, los trabajos efectua-
dos durante 2005-2011 en los Recintos con Estructu-
ras Anexas 31-0 y 13-1 y en el sitio «Patrón Alamito»
H-1 han aportado información cronológica muy va-
liosa que permite plantear un nuevo esquema cronoló-
gico para el área.
LA CRONOLOGÍA RELATIVA: SERIACIÓN
CERAMICA
La cronología relativa de los sitios se estableció me-
diante el método de seriación cuantitativa o «método
de Ford» (Ford 1962), utilizando los fragmentos de ce-
rámica obtenidos en 1964 y en la década de 1990 en
pozos estratigráficos realizados en los montículos ma-
yores de los sitios ya mencionados de la meseta de 1700
y 1800 ms. n. m. A partir de la seriación efectuada, se
logró ubicar, en términos de cronología relativa, una
serie de sitios, algunos de los cuales poseían datos de
dataciones radiocarbónicas. Con ello, Núñez Regueiro
(1998) situó en términos absolutos el comienzo de la
secuencia de ocupación del espacio para el año 240 d.
C., y estableció entre los años 450 y 500 d. C. su lími-
te superior.
Considerando los límites del bloque temporal mar-
cados por las dataciones radiocarbónicas y los datos
brindados por la seriación, Núñez Regueiro (1998) con-
sidera que existe una secuencia de sitios conformada por
cuatro momentos que tienen una duración de 60 años
aproximadamente. Los cambios en las frecuencias de
los tipos cerámicos decorados —asignables a Ciénaga
y Condorhuasi— considerados como significativos son
los que permiten dividir la secuencia en dos fases: Ala-
mito Í y Alamito IL, cada una de ellas repartida en dos
subfases, todas de igual duración. En total se han iden-
tificado 34 clases cerámicas; 9 corresponden a clases
ordinarias y 25 a clases decoradas. En función de ello,
la secuencia quedaría de la siguiente manera:
— Alamito la: 240-300 d. C. (sitios B-0 y D-0). Regis-
tran su máxima popularidad los tipos Alumbrera Inci-
so, Alumbrera Líneas Paralelas, Alumbrera Pintado,
Caspicuchuna Inciso y los tipos Condorhuasi Polícro-
mo, Condorhuasi Rojo/Ante, Blanco/Rojo y Monocro-
mo Rojo. No están presentes o registran una baja fre-
cuencia los tipos Condorhuasi polícromo y Ciénaga.
— Alamito Ib: 300-360 d. C. (sitios 1-0 y O-1). Se halla
bien representado el tipo Condorhuasi Polícromo y
registran su presencia los tipos Alumbrera Líneas Bru-
ñidas y los distintos tipos Ciénaga. Disminuye clara-
mente la frecuencia de los tipos Alumbrera Líneas Pa-
ralelas, Alumbrera Pintado y Caspicuchuna Inciso.
— Alamito lla: 360-420 d. C. (sitios S-0, H-0 y M-1).
Se hallan presentes todos los tipos Ciénaga, aunque aún
en porcentajes reducidos. Perduran, al comienzo, los
tipos Condorhuasi y los restantes tipos que habían te-
nido su máxima popularidad durante la subfase la.
— Alamito Ib: 420-480 d. C. (sitios D-1 y G-1). Au-
menta la frecuencia de los tipos Ciénaga, especialmen-
te los pintados, y varios subtipos incisos. Desaparecen
por completo los tipos que registran su máxima popu-
laridad durante la subfase la.
Es difícil discernir si estas diferencias en la riqueza
de las clases cerámicas se pueden deber directamente a
diferencias cronológicas, o bien a un espectro de otras
explicaciones posibles, tales como variaciones funcio-
nales, dados los usos de la alfarería en los sitios por la
especificidad de las prácticas ejecutadas en los mismos
(unidades residenciales versus montículos ceremonia-
les-basureros), o bien a diferencias en el acceso a los bie-
nes materiales de la gente que vivía en los sitios, o a
diferencias sociales marcadas diacríticamente por el uso
de estilos identificatorios en sitios diferentes, entre otras
posibilidades.
Si consideramos el análisis estratigráfico de los mon-
tículos mayores, parece que la acumulación generada
se debió a la sucesión en el tiempo de eventos de depó-
sito cuya composición reflejaría las clases cerámicas en
uso en las unidades residenciales. En cualquiera de las
interpretaciones posibles —diferencias cronológicas,
funcionales, económicas o étnicas, o varias de ellas si-
multáneamente—, los montículos estarían siendo un
reflejo directo de estos fenómenos por igual.
Está claro que, por las leyes estratigráficas, es alta-
mente probable que los niveles inferiores sean más an-
tiguos que los superiores —suponiendo que no hubo
ninguna inversión estratigráfica—, y ello nos da una
secuencia relativa. Pero aún así, resulta complejo dis-
cernir si los cambios en la secuencia, en el tiempo, se
corresponden con cambios en algunas de las distintas
clases de prácticas en las cuales participaron los objetos
in
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
cerámicos. En este sentido, creo que el trabajo del equi-
po de Núñez Regueiro fue muy loable, fundamental y
aceptable para la época, pero los datos que soportan su
cronometría resultan confusos; por lo que pienso que
este enfoque teórico y metodológico ya no resulta ade-
cuado.
LA CRONOLOGÍA ABSOLUTA:
DATACIONES RADIOCARBONICAS
En total se efectuaron 10 dataciones radiocarbóni-
cas para Campo del Pucará y 1 de termoluminiscencia,
realizadas y analizadas por González (1957, 1960),
Núñez Regueiro (1998) y Angiorama (1995). Las mues-
tras fueron recolectadas en distintas campañas de cam-
po (ver tabla [).
Las dataciones fueron publicadas y discutidas por los
autores en diversos trabajos y corresponden a:
1. Y. 558 (datación radiocarbónica argentina n.o 3)
(González 1957; Stuiver et al. 1960). Procedente de
una muestra de carbón vegetal de una habitación
cuadrangular, Piso del Recinto 1, en un contexto con
cerámica Ciénaga grabada en abundancia que fue
asignado a Alamito I según González (1960) y Núñez
Regueiro (1998: 191-193), aunque según Stuiver et
al. (1960: 57) «la cultura asociada es Condorhuasi,
fase Alamito», de acuerdo a la denominación del mo-
mento. La muestra fue recolectada por Rex Gonzá-
lez y W. Harvey en febrero de 1957 y enviada a datar
en octubre de 1957 y agosto de 1958 al Yale Natio-
nal Radiocarbon Laborator).
2. L. 476 A (datación radiocarbónica argentina n.* 5)
(González 1960; Olson y Broecker 1961). Realizada
sobre carbón vegetal procedente del interior de un
fogón del Sector A del Recinto B (n.? 1). Para Núñez
Regueiro, correspondería a madera carbonizada pro-
veniente del techo (op. cít.: 191). Según González
(1960: 322), se trataría de «troncos de 4 años y me-
dio» en un contexto con cerámica Ciénaga y Con-
dorhuasi asignable a la fase Alamito L, con lo cual
coincide Núñez Regueiro (1998). La muestra fue
recolectada por González en febrero de 1957 y en-
viada a analizar por Junius Bird en febrero de 1959
al Laboratorio Lamont de la Universidad de Colum-
bia, en Nueva York. De esta misma muestra se hicie-
ron dos dataciones más: una del ácido húmico aislado
del carbón, datado en 1380 + 220 años radiocarbó-
nicos, y otra fechada en el laboratorio de Yale (la
muestra Y, 558 descrita arriba) brindó una datación
MM
00
ne a
de 1630 + 60 años radiocarbónicos (Olson y Broecker
1961: 171).
. P. 344 (datación radiocarbónica argentina n.? 11)
(González 1960). Procedente del Recinto B (n.* 6),
con un contexto de cerámica Ciénaga y Condorhuasi
asignable a Alamito H. La muestra es de carbón ve-
getal proveniente del techo según Núñez Regueiro
(1998), recolectada en febrero de 1958 y analizada
en septiembre de ese año y noviembre de 1960 en el
laboratorio de radiocarbono de la Universidad de
Pensilvania.
T. 220 (datación radiocarbónica argentina n.o 14)
(González 1960: 324). Procedente del piso de la ha-
bitación n.2 5, Montículo 2, de la unidad B (U. D.
M2) (de la antigua denominación, o Recinto 2 C de
la actual), en un contexto con cerámica Ciénaga y
Condorhuasi asignado a la fase Alamito I. Se trata
de un segundo piso de ocupación en una secuencia
de cuatro pisos (Núñez Regueiro 1998: 192). Es una
muestra de carbón vegetal, sin mayor información
brindada por González, aunque Núñez Regueiro
menciona que se trata de una muestra de madera car-
bonizada proveniente del techo recogida en el piso.
Fue recolectada en los trabajos de campo de 1952 y
enviada a fechar en octubre de 1957 al laboratorio
Trondheim, Noruega, y datada en mayo de 1960.
. L. 476 B, que proviene de la localidad de Agua de
las Palomas, es la datación radiocarbónica argentina
n.2 6 (González 1960; Olson y Broecker 1961). Se
trata de una muestra de carbón obtenida cerca de la
superficie del interior de un fogón de la Capa 4 (0,80
m de profundidad) de la prueba estratigráfica R1 en
el Sitio C, asociada a un contexto con cerámica Con-
dorhuasi y Ciénaga. La muestra fue recolectada por
Rex González en 1958 y enviada para su análisis por
Junius Bird en febrero de 1959 al Lamont Geological
Observatory, Columbia University.
UCTL 644 y UCTL 645. Corresponden a dos data-
ciones de termoluminiscencia realizadas por Angio-
rama (1995) sobre sendos fragmentos de tubos de
cerámicas encontrados sobre el piso de ocupación del
último nivel del Recinto 2, Sitio H-0.
LP 513 y LP 528. Corresponden a madera carboni-
zada hallada en el Recinto 2-Piso A-Sitio H-0 (en
una secuencia de tres pisos: A, B y C), pertenecien-
do a la última ocupación del mismo. Las muestras
fueron recolectadas por Angiorama (1995) y anali-
zadas en LATYR.
. LP 569. Corresponde a madera carbonizada hallada
en el Recinto 2-Piso C-Sitio H-0 (en una secuencia
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
Tabla I. Dataciones efectuadas por González (1959, 1960), Angiorama (1995), Núñez Regueiro (1998)
y Gianfrancisco (2011), sin calibrar.
z
1630 + 60 27160 Madera carbonizada del último nivel de
ocupación de la vivienda (Sitio B-O, Recinto 1)
Y. 558
A
de ocupación (Sitio D-O, Recinto 1)
L.476A
Código Muestra [Años 14 AP [Años AD | Muestra |
1655 + 38 245 +38 Madera carbonizada del techo (Sitio D-1
Bda Recinto 6)
1659 + 100 241 + 100 Madera carbonizada del segundo nivel de
ocupación de la vivienda (Sitio B-O, Recinto 2 C)
7.220
Madera carbonizada de fogón (Capa 4, Sitio 6)
L.476B 1250 + 100 709 + 100
740 + 120 Fragmentos de tubo de cerámica (Sitio H-0
UCTL 645 1210 + 120 RECInia e)
0
Madera carbonizada del último nivel de
ocupación de la vivienda (Piso A)
PO ra UN
ocupación de la vivienda (Piso A)
LP. 528
1600 + 70 350 + 70 Huesos de camélido del primer nivel de
ocupación de la vivienda (Piso C)
A |
Conjunto de costillas de camélido de nivel de
peso omo — lo EE
AA89565 1578 + 45 372145 ocupación Sitio 13-1
1950 + 50 0
LP. 513
15
de tres pisos: A, B y C), perteneciendo a la primera
ocupación del mismo. La muestra fue recolectada por
Angiorama (1995) y analizada en LATYR.
9. LP-2224. Corresponde a un conjunto de 4 costillas
de camélido en el nivel de ocupación del Recinto 31-
0. Las mismas poseían dos huellas de corte. La mues-
tra fue recolectada por Gianfrancisco en 2009 y ana-
lizada el mismo año en LATYR.
10. AA89565. Corresponde a una lámina de costilla de
camélido recuperada a 68 cm de profundidad, en el
nivel de ocupación del Recinto 13-1. La muestra fue
recolectada por Gianfrancisco en 2010 y analizada
ese mismo año en la LATYR NSF- AMS Facility de la
University of Arizona.
Si nos detenemos a analizar la naturaleza de las mues-
tras de madera del techo de los recintos seleccionadas
para efectuar las dataciones radiocarbónicas de Gonzá-
lez (1959, 1960), resulta lógico pensar que lo que se
Fragmentos de tubo de cerámica (Sitio H-0,
Recinto 2)
UCTL 644 1055 + 100 845 + 100
está datando no es el momento de abandono de los si-
tios sino una fecha en la historia de la vida del árbol,
que puede ir desde el momento de corte de la madera
con la que fueron construidos los techos hasta mucho
antes, estimando que se trataría de troncos estructura-
les de la techumbre, por lo cual serían lo suficientemente
gruesos y, por ende, estarían sujetos a los problemas del
conocido efecto old wood (Marconetto 2007). Esto úl-
timo no dependerá solo de la edad del árbol en el mo-
mento del corte sino también de la antigiiedad de los
anillos de crecimiento sobre los cuales se realiza la da-
tación (Núñez Regueiro 1998), esto es, el sector del
tronco del cual se obtuvo la muestra.
Pese a la posibilidad de la presencia de este efecto en
las dataciones, que hace difícil relacionar los contextos
materiales con las dataciones de la madera —y descon-
tando la posibilidad de reciclado de vigas—, es llama-
tiva la coherencia entre la primera datación, la tercera
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ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
y la cuarta, que ubican todas las fechas en un límite in-
ferior alrededor de los 250 años d. C. (como se podrá
apreciar también más adelante al calibrar las datacio-
nes en la tabla II). De ser así, posiblemente, la cons-
trucción de los sitios B-O y D-1 sería contemporánea,
aunque no sus contextos culturales, según Núñez Re-
gueiro, ya que corresponderían a dos fases distintas de
Alamito (1 y Il, respectivamente), de acuerdo a la seria-
ción cerámica de los montículos de cada sitio, como
vimos recientemente más arriba.
Con respecto a las fechas de los sitios B-O y D-O, a
partir de técnicas estadísticas para analizar la significa-
tividad de la correlación entre las muestras del sitio B-0
y el D-0 (Núñez Regueiro 1998), el autor concluye que
«las fechas no son significativamente diferentes» y pue-
de calcular el promedio ponderado que brindan las
siguientes dataciones medias:
— 262 + 52 d. C. para las dos fechas del sitio B-0.
— 271 + 45 d. C. para las dos fechas del sitio B-0 y la
fecha del sitio D-O.
Estas fechas marcarían la «parte media de la historia
de los sitios fechados».
Sin embargo, también se puede hacer otra lectura de
los datos de la datación del sitio D-O de acuerdo a sus
propiedades. Esta fecha (1560 + 100), según González
(1962: 322), fue obtenida sobre troncos que tenían cua-
tro años y medio (suponemos que estimando su edad a
partir de su diámetro). Si así fuera, se trataría de la en-
ramada del techo —calculando el grosor que puede
tener una planta tan joven y considerando inclusive la
reducción de volumen que se produce por la carboni-
zación— y no de un elemento estructural que necesi-
taría mayor grosor para su función portante. De este
modo, esta datación estaría dando una fecha cercana al
montaje del techo o a la última renovación de la enra-
mada, lo cual hace confiable esta datación y eliminaría
el efecto old wood al que me refería antes. Si fuera de
un fogón, como dicen Olson y Broecker (1961), tam-
bién se estaría datando un evento de poca duración de
un leño joven, recién recolectado, por lo cual una fe-
cha sin calibrar de 343 años A. D. estaría marcando un
momento confiable de la ocupación de dicho sitio (la
última del sitio D-0 según Núñez Regueiro 1998).
En relación a la datación del sitio D-1 (1655 + 38),
Núñez Regueiro (1998) considera que debe mantenerse
en reserva ya que su edad sería demasiado antigua (245
+ 38 d. C.) para su esquema cronológico, si tenemos
en cuenta que la existencia de fragmentos Ciénaga Ne-
gro/Crema y una vasija Alumbrera Tricolor, hallados en
la capa superior del sitio, lo ubican en momentos fina-
les de la ocupación del área, o Alamito Il, según la se-
riación de los montículos. Solo siguiendo las recomen-
daciones de Polach y Golson (1966) de trabajar con dos
desviaciones normales para obtener un grado de pro-
babilidad entre más del 68,3 % y menos del 95,4 %,
Núñez Regueiro plantea que podríamos situar el mo-
mento de corte de la madera, de la que se obtuvo la
muestra, en algún punto entre el 45 y 455 d. C. En
función de todo esto, Núñez Regueiro considera que
este sitio es representativo de la última fase de ocupa-
ción del área. Sin embargo, debemos tener en cuenta
que, en realidad, como los anillos de los árboles mue-
ren cada año, no se estaría datando la fecha de corte de
la madera, sino la de la muerte de los anillos del sector
fechado del tronco. Con este criterio, es perfectamente
esperable que una datación del techo brinde una fecha
mucho más antigua que la de la ocupación efectiva del
recinto que techa, sobre todo pensando en madera de
crecimiento lento como puede ser la de las especies usa-
das para techos en la región, como el quebracho o el
algarrobo (Marconetto 2007).
Con respecto a las dataciones de termoluminiscen-
cia del recinto 4 del sitio S-0 efectuadas por Angiora-
ma (1995), el autor considera que son sumamente du-
dosas dado que se alejan demasiado de las dataciones
conocidas para Alamito, e incluso para otros contextos
Condorhuasi o Ciénaga, por lo que son desestimadas
por él mismo y Núñez Regueiro (1998). Por otro lado,
están las dataciones efectuadas en el Recinto 2 del sitio
H-0 a partir de muestras de carbón vegetal procedente
de techos, en dos de los casos, y de hueso de camélido
en el tercero. Las primeras, del piso superior, o A, y la
restante del piso inferior, o C (en una secuencia de tres
pisos: A, B y C). El sitio H-0 fue ubicado mediante se-
riación cerámica como correspondiente al inicio de la
subfase Alamito Hb (360 a 420 d. C.), con presencia
de todos los tipos Ciénaga característicos de Alamito,
aunque en porcentajes reducidos, y escasa proporción
de tipos Condorhuasi (Angiorama 1995: 191).
A partir de los datos expuestos, podemos observar
que las dataciones radiocarbónicas realizadas sobre tron-
cos son coherentes entre sí, pero difieren de la datación
realizada sobre la muestra de material óseo, un mate-
rial mucho más confiable para datar, ya que efectiva-
mente fecha la muerte del espécimen. Además, las da-
taciones resultarían estratigráficamente invertidas: el
nivel estratigráfico más reciente es más temprano que
el primer nivel de ocupación (Piso C). Está claro que
aquí también ha incidido el efecto old wood y lo que se
fechó es algún momento de la vida de los troncos que
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ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
integraban el techo del recinto, construido antes de la
aparición del hueso en el piso, que cayó o se quemó
luego de la actividad de consumo y desecho del hueso.
De hecho, a fin de datar la ocupación, el mismo autor
(Angiorama 1995) valora como la fecha más adecuada
y segura la edad de 350 + 70 d. C., teniendo en cuenta
además su concordancia con otros sitios Formativos.
Según el autor, esto estaría sustentado por las otras da-
taciones conocidas para contextos Condorhuasi y Cié-
naga (Angiorama 1995), así como por los resultados
de la seriación del material cerámico decorado para este
recinto, que lo ubica en la subfase IIb de la secuencia
de ocupación de los sitios Alamito.
Por último, las dataciones efectuadas por Gianfran-
cisco (2011) pertenecen a otra categoría de sitios dis-
tinta a los «Patrón Alamito», a los cuales llamamos Re-
cintos con Estructuras Anexas. Corresponden a recintos
circulares y rectangulares con un pequeña estructura
adosada en uno de sus lados, que se encuentran empla-
zados próximos a los sitios «Patrón Alamito» (Núñez
Regueiro 1970, 1998; Tartusi y Núñez Regueiro 1993)
y, de acuerdo con la organización y uso de su espacio,
son considerados por la autora (Gianfrancisco 2011)
como unidades domésticas;' que si bien exhiben impor-
tantes diferencias con los sitios «Patrón Alamito», las
que se manifiestan tanto en objetos y recursos materia-
les, prácticas de producción y construcción social del
espacio poseen elementos que los vinculan como téc-
nicas constructivas, estilos cerámicos, adornos y herra-
mientas.
La datación del sitio 31-0 (1930 + 60 AP equivalen-
te a 20 d. C.) resulta más temprana que cualquiera de
las fechas consideradas aceptables para Alamito (a ex-
cepción de las dataciones sobre madera carbonizada de
los techos del sitio H-0 de Angiorama que, como vi-
mos, brindaron fechas similares: 1950 + 50 y 1910 +
60 años). Esto llevaría la presencia de esta clase de sitio
(Recinto con Estructura Anexa de planta subcircular a
circular) a momentos anteriores a las ocupaciones ca-
racterísticas de los sitios con patrón Alamito.
La datación del sitio 13-1 (1578 + 45, equivalente a
372 d. C.) se aleja mucho de la fecha del otro Recinto
con Estructura Anexa y ubica a esta clase de sitio (Re-
cinto con Estructura Adosada de planta rectangular) de
manera coetánea con los sitios «Patrón Alamito» (en
LEl estudio de dichos recintos fue desarrollado de manera ex-
tensa en otras publicaciones en las que se analizó la estructura-
ción del espacio socialmente construido en sus diferentes escalas
y materialidades. Para más detalle, consultar Gianfrancisco (2011,
2014, 2016a, 2016b) y Gianfrancisco y Fernández (2016).
términos de cronología relativa, en la transición entre
las fases Alamito Ib y Alamito Ia).
DATACIONES DEL SITIO H-1
Las dataciones radiocarbónicas en este sitio se efec-
tuaron sobre material óseo humano y animal, ya que
provee mayor solidez a la construcción de cronologías
eliminando errores atribuibles a la asociación muestra-
evento y a diferencias significativas entre edad de corte
y edad de uso de los troncos, a su preservación y posi-
ble reutilización en ambientes áridos/semiáridos (sensu
Carbonari et al. 2011).
En el sitio «Patrón Alamito» H-1, ubicado en la me-
seta de 1800 ms. n. m., se efectuaron 4 dataciones en
el Montículo 2 —que corresponde a la categoría de Re-
cintos A en la clasificación de Tartusi y Núñez Reguei-
ro (1993) — y una datación del Sector Este de la Plata-
forma Norte. En el caso del Recinto Al, las muestras
recuperadas para el análisis proceden del piso de ocu-
pación de una secuencia de tres pisos (1, 2, 3) y, en el
caso de la Plataforma, la muestra procede de la base de
la misma. Las dataciones son las siguientes:
— 1la (AA10876). La muestra corresponde a material
óseo de llama (Lama glama) recuperado en el primer
piso de ocupación del Recinto A. La muestra fue re-
colectada por Gianfrancisco (2014) y analizada me-
diante '*C en el University of Arizona AMS Labora-
tory con un resultado de 280-349 d. C. (Calendar
Age Range 95 %), lo cual permite al menos conside-
rarla entre los momentos tempranos de la ocupación.
— 11c (AA108649). La muestra corresponde a un frag-
mento de fémur de llama (Lama glama) recuperado
en el segundo piso de ocupación del Recinto A. La
muestra fue recolectada por Gianfrancisco (2014) y
analizada mediante 'C en el University of Arizona
AMS Laboratory con un resultado de 360-528 d. C.
(Calendar Age Range 95 %).
— 11c (AA108650). La muestra corresponde a una cos-
tilla de llama (Lama glama) recuperada en el tercer
piso de ocupación del Recinto A, relacionado con la
última ocupación efectiva del Recinto. La muestra
fue recolectada por Gianfrancisco (2016a) y analiza-
da mediante '*C en el University of Arizona AMS La-
boratory con un resultado de 540 a 645 d. C. (Ca-
lendar Age Range 95 %).
— 11d (AA109973). La muestra corresponde a dos cos-
tillas de camélido (Lama glama) recuperadas en el piso
de ocupación del sector exterior del Recinto A. La
Me
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
muestra fue recolectada por Gianfrancisco (2016a)
y analizada mediante '*C en el University of Arizona
AMS Laboratory con un resultado de 433 a 585 d.
C. (Calendar Age Range 95 %), siendo relativamente
contemporánea a la ocupación del Recinto A.
— 12 (AA109972). La muestra es un fragmento de fé-
mur humano recuperado en un contexto de entierro
correspondiente a un fardo funerario situado por de-
bajo de la Plataforma Norte. Además, se identifica-
ron huesos largos (tibia y peroné) pertenecientes, por
lo menos, a dos individuos adultos, huesos de un pie
(calcáneo, astrágalo, escafoides; metatarsiano y falan-
ges 2, 3 y 4), 1 hueso de la cadera y 3 vértebras lum-
bares. La muestra fue recolectada por Gianfrancisco
(2016a) y analizada mediante '*C en el University of
Arizona AMS Laboratory con un resultado de 410 a
543 d. C. (Calendar Age Range 95 %).
DISCUSIÓN Y CONCLUSIONES
La revaluación de la dataciones efectuadas por Gon-
zález, Núñez Regueiro y Angiorama, junto a los apor-
tes realizados por las nuevas dataciones llevadas a cabo
en los sitios 31-0, 13-1 y H-1, llevan a proponer un
nuevo encuadre temporal que exhibe importantes di-
ferencias con el panorama cronológico previo.
Desde la perspectiva de las dataciones absolutas, el
espectro de fechas confiables se ve altamente disminui-
do con los estándares actuales de interpretación y
confiabilidad. Estos problemas están relacionados so-
bre todo con la naturaleza de la muestra, ya que en las
dataciones efectuadas por González y Núñez Regueiro
se utilizaron grandes cantidades de troncos (de manera
tal que se asegurase una muestra suficiente), lo cual re-
sulta comprensible dado que cumplía con los estándares
mundiales del momento. Esto se debe a que al inicio
de la década de 1950 poco era lo que se había desarro-
llado teórica y empíricamente en torno a los problemas
de las dataciones. Es entendible así la falta de conside-
ración del efecto old wood, prácticamente impensable
para el momento; ni tampoco había mucho desarrollo
teórico sobre la relación entre datación y evento (La-
guens 2004; Marconetto 2007), por lo cual buscar
muestras de especímenes de corta vida —ramas peque-
ñas— no era una meta. Asimismo, los métodos no
permitían la datación de muestras pequeñas, por lo que
aun fechando hueso era necesaria una muestra grande
para la obtención de colágeno, razón por la cual no
había seguridad en una excavación estratigráfica de que
los huesos pertenecieran al mismo animal y no se estu-
viera obteniendo una fecha media de las edades de
muerte de individuos de distinta edad, considerándose
por ello más confiable la datación de un mismo espéci-
men —un tronco— en tanto más aproximado a la fecha
de un evento. Esto y los intentos de Núñez Regueiro
(1998) por interpretar las dataciones de manera cohe-
rente con la seriación cerámica, estimando medias,
jugando con una o dos desviaciones estándar según el
caso y analizando valores de significatividad, ayudó a
elaborar un marco cronológico que organizó la secuen-
cia del área.
Sin duda, las dataciones de los sitios Alamito en su
momento marcaron un hito histórico en el desvela-
miento de las cronologías absolutas del NOA y fue el
comienzo de la secuenciación cronológica absoluta de
la región. Sin embargo, hoy creo prudente considerar
aquellas fechas que resultan más confiables, por lo que
quiero rescatar dos de las dataciones: la FRA n.* 5, de
ramas de un fogón (o del techo, pero ramas en defini-
tiva) del Recinto D-0, fechadas en 343 d. C., y la data-
ción sobre hueso de camélido del piso más antiguo del
Recinto H-0, fechado en 350 d. C.
Las otras dataciones sobre troncos es preferible de-
jarlas en reserva hasta que nuevas dataciones puedan fil-
trar la posible incidencia del efecto old 1w00d que impi-
de estimar con precisión la ocupación de los sitios; por
ahora, estos solo nos estarían mostrando un post quem
para las ocupaciones, indicando que al menos los sitios
no pudieron haber sido construidos antes de esas fe-
chas (alrededor del 250 d. C.), sin por ello estar datan-
do de forma fehaciente las ocupaciones (Gianfrancisco
2011).
Con el objeto de integrar toda la información pro-
porcionada por las dataciones, se realizó una calibra-
ción de todas las fechas a años calendáricos, utilizando
para ello el programa Oxcal 4.3. Los resultados obteni-
dos se presentan en la tabla IL, donde se resaltan en cur-
siva las calibraciones con los rangos de mayor probabi-
lidad y, en negrita, las muestras confiables, de acuerdo
con los criterios explicitados más arriba.
Podemos observar que las calibraciones tienden a
agruparse en tres bloques: uno más temprano, que in-
cluye la datación del recinto 31-0 y los techos del re-
cinto H-0, ubicado entre inicios de la era cristiana y el
100 d. C.; luego un bloque con más casos, que incluye
el resto de las fechas de techo de los sitios Alamito y las
otras tres dataciones confiables: la del recinto 13-1 so-
bre hueso, el material óseo del piso C del recinto H-0 y
las ramas del piso 1 del sitio D-0 y las dataciones del
= lo
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
Tabla II. Dataciones calibradas. OxCa/ 4.3, Bronk Ramsey (2018).
MUESTRA (años C** AP) 68.2 % probabilidad 95.4 % probabilidad
H-0a Techo (1950 + 50) 101 d. C. (10.1 %) 123 d. C. 6 a. C.-222 d.C.
R 31-0 Hueso (1930 + 60) 7 a.C. (66.3 %) 134 d. C. 12 a. C.-247 d. C.
H-0b Techo (1910 + 60) 217-140 d. C. 17 a. C.-253 d. C.
Techo Recinto 6b (1712 + 66) 258-415 d. C. 225-540 d. C.
Piso Recinto 2 C Sitio B-0 (1660 + 100) 323-475 d. C. 222-640 d. C.
Techo Recinto 6d Sitio D-1 (1656 + 58) 326-436 d. C. 337-538 d. C.
Techo Recinto 6a (1645 + 66) 335-442 d. C. 333-598 d. C.
Piso del recinto 1 Sitio B-0 (1630 + 60) 322-459 d. C. 340-604 d. C.
Techo Recinto 6c (1610 + 66) 354-540 d. C. 363-665 d. C.
Agua de las Palomas (1250 + 100) 675-872 d. C. 653-1015 d. C.
H-0 Hueso (1600 + 70) 391-545 d. C. 366-641 d. C.
Piso Sector A Rto 1 Sitio D-0 (1530 + 100) 425-613 d. C. 357-766 d. C.
R 13(1) Hueso (1578 + 45) 413-535 d. C. 420-607 d.C.
Sitio H-1 Recinto A Piso 1 (1790 + 32) Hueso camélido 224-333 d. C. 218-372 d.C.
Sitio H-1 Recinto A Piso 2 (1672 + 32) Hueso camélido 375-477 d.C. 360-528 d. C.
Sitio H-1 Recinto A Piso 3 (1515 + 32) Hueso camélido 578-636 d. C. 540-645 d. C.
e A - Sector Exterior (1583 + 23) Hueso 480-509 d. C. 433-585 d. C.
Plataforma Norte (1629 + 27) Fémur humano 427-519 d.C. 410-543 d. C.
sitio H-1, todas ellas ubicadas aproximadamente des-
pués del año 300 hasta el 645 d. C.; y, finalmente, la
datación de Agua de las Palomas, en un bloque tempo-
ral posterior al 600 d. C. Creo que este ordenamiento
temporal resulta interesante en varios aspectos, más allá
de los problemas señalados con respecto al efecto old
wood y la confiabilidad de las dataciones. En primer
lugar, con respecto a nuestros propios sitios y datacio-
nes, se ubican netamente en dos bloques temporales
diferentes: el sitio 31-0, predatando cualquier asenta-
miento netamente Alamito, y el sitio 13-1 contempo-
ráneo de ellos. Si bien son limitadas en su cantidad, las
dataciones radiocarbónicas estarían ubicando de ma-
nera absoluta esta diferencia.
En segundo lugar, llama la atención la concentración
de las dataciones de los sitios «Patrón Alamito» con ma-
yor probabilidad (en cursiva en la tabla II) en un mis-
mo bloque temporal, de manera bastante homogénea
y, notablemente, en el mismo bloque en el cual se inte-
gran las dataciones confiables en hueso y ramas peque-
ñas. Se desconoce qué factor puede estar incidiendo en
esta configuración, pero creo que los árboles utilizados
para los techos habrían sido todos más o menos con-
temporáneos. Ello quizás se deba a que hayan seleccio-
nado especímenes de un mismo tamaño, y por ende de
igual edad, de acuerdo con criterios y requisitos fun-
cionales para la fabricación de techos. De ser esto así,
también significaría que fueron cortados dentro de un
==
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
lapso acotado, ya que ante la exigencia de un tamaño/
edad determinado, con el paso del tiempo se seleccio-
narían árboles de la misma edad relativa pero más jóve-
nes en el tiempo físico absoluto, y ello debería reflejarse
en las dataciones, cosa que no sucede. Luego, es tenta-
dor pensar que las dataciones en hueso del sitio H-0 y
la de ramas del sitio D-0 están señalando una ocupa-
ción efectiva de los sitios tipo «Patrón Alamito», cons-
truidos todos (al menos aquellos fechados) en un lapso
más o menos contemporáneo. Junto con ellos, en apa-
riencia, se siguen construyendo y usando sitios con es-
tructuras anexas como es el caso del 13-1.
Finalmente, no podemos dejar de considerar el pro-
blema que se plantea a partir de este ordenamiento con
el esquema cronológico relativo establecido en dos fa-
ses, Alamito 1 y IL a partir de la combinación de data-
ciones absolutas con dataciones relativas de frecuencias
cerámicas.
Si consideramos las dataciones absolutas, las fechas
más antiguas de Alamito, que para Núñez Regueiro
(1998: 192) marcarían el inicio de la subfase la (240 d.
C.), no estarían indicando ese evento pues, como ya
vimos, están datando algún momento de la vida de la
madera del techo y no una acción humana. La fase II,
también datada por madera de troncos, fue definida por
el autor a partir del valor máximo de dos desviaciones
estándar —a diferencia de las otras fases que solo to-
man una—, por lo cual su ubicación en el momento
considerado (445 d. C.) es de baja probabilidad. De
todos modos, las únicas fechas seguras de ocupaciones
Alamito se ubican en ese momento (sitios H-0 y D-0).
Si consideramos ahora la cronología relativa, los cam-
bios en las frecuencias de las clases cerámicas decoradas
fueron acotados en estos dos extremos de las datacio-
nes absolutas, por lo cual cubrirían un lapso de entre
200 y 260 años, según Núñez Regueiro (1998: 193),
con cuatro intervalos o «momentos» —1) sitios B-0 y
D-0; 2) sitios 1-0, C-0 y O-1; 3) sitios H-0 y M-1, y 4)
sitios D-1 y G-1—. Este lapso fue dividido luego en
cuatro bloques homogéneos de 60 años, los que defi-
nen cada una de las subfases: Alamito la, Ib, Ila y Ib.
Está claro que Núñez Regueiro intentó combinar dos
formas de construir el tiempo con las dataciones: la ab-
soluta y la calendárica, con el tiempo secuencial y cul-
tural de una duración. Pero creo que con la interpreta-
ción actual de las dataciones radiocarbónicas —dejando
de lado toda consideración teórica sobre la seriación,
las tasas de cambio y los significados otorgados al con-
cepto de estilo— no podemos seguir sosteniendo esa
intención en la actualidad.
De este modo, una visión actualizada de la cronolo-
gía de los sitios Alamito muestra una ocupación de va-
rios cientos de años, desarrollada desde principios del
siglo I (vinculada a algunos sitios medianos) hasta el
siglo VIT (vinculada a sitios «Patrón Alamito»).
En este sentido, las investigaciones efectuadas en los
sitios medianos, correspondientes a la categoría de Re-
cintos con Estructuras Anexas (Gianfrancisco 2011,
2016a, 2016b) darían cuenta de una ocupación tem-
prana para comienzos de la era cristiana, vinculada a
un modelo de asentamiento abierto con estructuras que
comparten ciertos aspectos de su cultura material,
morfología, arquitectura y una inversión en la construc-
ción del paisaje de bajo impacto. Algunos de estos si-
tios, como en el caso del Recinto 31-0, pueden corres-
ponder a las primeras ocupaciones del área, mientras
tanto, otros como el sitio 13-1, con una datación que
ubica su ocupación entre 393-582 d. C, indicaría que
se siguen construyendo y usando en el tiempo (Gian-
francisco 2011). Ahora bien, los datos proporcionados
por las dataciones radiocarbónicas efectuadas por Núñez
Regueiro (1998) y Angiorama (1995) nos informan de
que cerca del 350 d. C., en el mismo espacio natural,
se registraría ya la presencia de sitios «Patrón Alamito».
Estos sitios presentan una organización espacial y es-
tructural mucho más compleja que las que caracteriza-
ban a las primeras unidades residenciales de esta zona,
con un patrón recurrente representado por los sitios «Pa-
trón Alamito», compuestos por una variedad y canti-
dad de recintos formando un agregado de patrón ra-
dial donde se complementan a nivel funcional.
A ello se suman prácticas de producción, innovación
en el trabajo artesanal vinculado al trabajo de metales y
escultura lítica, aumento cualitativo y cuantitativo de
los artefactos óseos y prácticas rituales de escala domés-
tica y comunal. Sin embargo, estas diferencias en el di-
seño arquitectónico productivo-residencial no son tan
marcadas en otros aspectos, como el tecnoestilístico de
la cultura material, ya que se han registrado estilos ce-
rámicos (aunque en menor variedad) y técnicas cons-
tructivas similares (Gianfrancisco 2011, 2016a, 2017).
Las diferencias entre los sitios grandes y los medianos
no estarían forzosamente dando cuenta de diferencias
de orden jerárquico, sino que probablemente nos es-
tén indicando funciones y momentos —en algunos ca-
sos— diferentes (Gianfrancisco y Fernández 2016).
Un dato sumamente importante a subrayar son las
dataciones radiocarbónicas efectuadas en el Recinto Al
y la Plataforma del sitio H-1; dan cuenta de la ocupa-
ción del sitio en un rango temporal mucho más am-
15
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
plio de lo que se pensaba hasta el momento, lo que per-
mite proponer que la preponderancia de estrategias de
reproducción biológica tendieron hacia la residencia
continuada en ese espacio ocupado durante unos tres
siglos como mínimo. La datación de la Plataforma de-
bería ser cotejada con otras muestras, ya que ubica la
construcción de la misma en momentos posteriores al
415 d. C. y no resulta contemporánea de la primera
ocupación del Recinto A. Tal vez esto se deba a que la
plataforma fue sometida a los mismos eventos de re-
construcción de los Recintos A y B, y fue en esa última
reconstrucción en la que se depositó el fardo funerario.
En una escala general, esto lleva a repensar la posibi-
lidad real de la existencia de un paisaje persistente a tra-
vés del tiempo con la construcción de asentamientos
aldeanos con espacios para la realización de ceremonias
rituales públicas.
En una escala particular, la extensa ocupación del
Recinto Al, e incluso de los sitios «Patrón Alamito»,
supera la permanencia de 50 a 60 años propuesta por
Núñez Regueiro (1998). De acuerdo con lo que plan-
tea Hodder (2005), estos procesos de reconstrucción y
Agradecimientos
superposición de pisos en viviendas suelen estar rela-
cionados con transferencias y transformaciones que re-
fuerzan la vigencia de «memorias históricas», sobre todo
si tenemos en cuenta el aspecto «funerario» de la arqui-
tectura, con los aspectos relacionados con la muerte hu-
mana dentro del afán de transmitir o crear memoria.
Esta continuidad en el uso del espacio residencial su-
giere una estrecha vinculación entre objetos, estructu-
ras, lugares y actividades que puede relacionarse con la
ancestralidad (Nielsen 2006). En este sentido, uno de
los cementos más fuertes que podían aglutinar a los
colectivos que se generaban en estos lugares eran las
referencias a vivencias, personas y objetos del pasado,
todos ellos rasgos propios y apropiados de cada espacio
residencial (Salazar y Franco 2015).
Este nuevo esquema propuesto requiere de mayores
precisiones y está lejos de ser concluyente. Solo el aporte
de nuevas excavaciones y dataciones sobre materiales
procedentes de contextos donde se cumplan las condi-
ciones de asociación y sincronía permitirán ratificar, o
no, nuestras interpretaciones para el avance en el pro-
ceso de construcción de cronologías.
Agradezco profundamente a Víctor Núñez Regueiro y Marta Tartusi por permitirme trabajar en Alamito y
este trabajo va con mucho respeto tratando de colaborar con todo aquello que ellos han construido. Al Dr. Laguens
por el gran aporte realizado en el análisis de la cronología de Campo de Pucará, que sentó las bases de este
manuscrito. A José Dlugosz, Andrea Bertelli y Piero Dimarco por su apoyo y compromiso en nuestro trabajo.
Sobre la autora
María SOLEDAD GIANFRANCISCO es Arqueóloga por la Universidad Nacional de Tucumán (2002) y Doctora en Ciencias
Naturales por la Universidad Nacional de La Plata (2011). Actualmente, desempeña sus investigaciones en el Instituto
Superior de Estudios Sociales (ISES) del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de
Argentina. Correo electrónico: solegianfrancisco Oyahoo.com.ar.
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O ARQUEOLOGÍA IBEROAMERICANA 39 (2018): 16-28. ISSN 1989-4104. http://laiesken.net/arqueologia/.
LA FRONTERA NORTE DE MESOAMÉRICA
Y LA CULTURA BOLAÑOS
The Northern Border of Mesoamerica
and the Bolaños Culture
María Teresa Cabrero G.
Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM, México
(cabrerotBunam.mx)
Cultura
Chalchihuites
San Martín de
Bolaños
is Cuenca del
Lago Magdalena
Jalisco
Figura 1. Localización de la cultura Bolaños.
RESUMEN. La cultura Bolaños se desarrolló a todo lo
largo del cañón de Bolaños, ubicado en el norte de Jalisco,
con características del occidente y norte de México. Uno
de los factores para la colonización de la región fue esta-
blecer contactos comerciales con la zona de Chalchihuites,
donde se explotaba la piedra verde considerada «sagrada»
por representar el agua, la vida y la fertilidad. Establecie-
ron una ruta comercial que les permitió intercambiar ob-
jetos, ideas y conceptos con los integrantes de las caravanas
provenientes del centro de México, quienes se dirigían a
los yacimientos de turquesa de Nuevo México.
PALABRAS CLAVE. Frontera norte; Mesoamérica;
cultura Bolaños.
ABSTRACT. The Bolaños culture developed throughout
the Bolaños Canyon, located in the north part of the state
of Jalisco (Pacific coast of. Mexico), with features from the
Recibido: 9-7-2018. Aceptado: 13-7-2018. Publicado: 20-7-2018.
Edited + Published by Pascual Izquierdo-Egea. Arqueol. Iberoam. Open Access Journal.
License CC BY 3.0 ES. http://laiesken.net/arqueologia/archivo/2018/3902.
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
western and northern cultures of Mexico. One of the fac-
tors for the colonization of this region was to establish
commercial contacts with the geographical area of Chal-
chihuites, where was exploited the “green stone”, considered
sacred as it represents water, life and fertility. They estab-
lished a trade exchange route that allowed them to exchange
objects, ideas, and concepts with the members of the cara-
vans coming from central Mexico, who were heading to
the turquoise deposits in New Mexico.
KEYWORDS. Northern border; Mesoamerica; Bolaños
culture.
INTRODUCCIÓN
Antes de empezar a desarrollar el tema de este traba-
jo sobre la cultura Bolaños, deseo manifestar mi opi-
nión en relación a «la frontera norte de Mesoamérica».
Considero que es tiempo de dejar de lado los términos
de «frontera» y «Mesoamérica». La definición de Me-
soamérica sirvió en su momento para distinguir los lí-
mites de las sociedades complejas que se desarrollaron
en el centro y sur del país (Kirchhoff 1960). Por otra
parte, se establecieron horizontes culturales que abar-
caban el desarrollo integral en cada uno; así se recono-
cieron el Preclásico, Clásico y Posclásico definiendo el
periodo cronológico que abarcaba cada uno de ellos y
lo que conllevaban (Piña Chan 1960, 1967, 1997).
En aquellos momentos, el occidente y el norte de
México eran prácticamente desconocidos; sin embar-
go, en las últimas décadas se han multiplicado los estu-
dios en ambas áreas geográficas, por lo que ahora nos
permiten concebir la presencia de diversas culturas, cada
una con su propia idiosincrasia, no menos importan-
tes que las típicamente «mesoamericanas».
Por otra parte, las fronteras norte y occidente de
Mesoamérica fueron creadas artificialmente para deno-
tar hasta dónde se presentaba la suma de marcadores
arqueológicos que caracterizaban a las culturas estudia-
das en aquellos tiempos (Kirchhoff 1960); sin embargo,
aun así fue mala decisión emplearlas porque, como ya
dije, cada sistema cultural dentro del occidente y el norte
de México tiene su propio valor; su desarrollo depen-
dió en gran parte de la adaptación al ambiente natural
donde evolucionó en conjunción con otros factores so-
ciales, económicos e ideológicos.
El uso de los términos de los horizontes culturales
originales se nulificó al emplearlos únicamente como
marcadores cronológicos sin importar la designación
comparativa de los horizontes culturales originales; es
decir, si al sitio que se investiga se le asigna una deter-
minada cronología se cataloga como Preclásico, Clási-
co o Posclásico sin importar el nivel de desarrollo so-
ciocultural que presenta y todo lo que entraña cada
horizonte cultural mesoamericano.
Hoy en día estamos en un nivel suficiente de cono-
cimientos arqueológicos como para señalar que el mun-
do prehispánico de México sostuvo un cúmulo de sis-
temas culturales que alcanzaron diferentes niveles de
complejidad, desde nómadas hasta sociedades comple-
jas, y su estudio debe estar de acuerdo con su ubicación
geográfica. A la región norte y la de occidente se les
debe asignar únicamente el periodo cronológico con
fechas de aquel al que pertenecen y señalar el nivel de
desarrollo alcanzado. De esa forma, se quitarán los com-
plejos de pertenecer o no a Mesoamérica evitando re-
ducir los horizontes culturales a meros marcadores cro-
nológicos.
Con lo anterior trato de decir que las culturas, pue-
blos o sociedades que existieron en el norte y el occi-
dente de México deben mostrar su propia cronología y
su propio nivel de desarrollo sin tener que recurrir a los
horizontes culturales propuestos para Mesoamérica.
LA CULTURA BOLAÑOS
El cañón de Bolaños corre de norte a sur a partir del
valle de Valparaíso, en el suroeste de Zacatecas, hasta la
confluencia con el río Grande de Santiago, en los lími-
tes de Jalisco y Nayarit. Su situación geográfica propi-
ció su ocupación por grupos procedentes del centro de
Jalisco interesados en establecer relaciones comerciales
con la zona de Chalchihuites (situada en el centro de
Zacatecas), donde se explotaba la codiciada piedra azul-
verde (malaquita) considerada «sagrada» por todo el
mudo prehispánico, ya que era símbolo de vida, agua y
fertilidad (fig. 1).
La ocupación del cañón se inició en los primeros años
de la era cristiana (de acuerdo con las fechas de '*C que
se obtuvieron) hasta alrededor de 1120 d. C., momen-
to en el que decaen los asentamientos y fueron aban-
donándose hasta que en 1260 d. C. la cultura y sus asen-
tamientos habían desaparecido totalmente.
A propósito de este trabajo, se ha dividido en dos
grandes periodos: en el primero, a partir de 35 d. C.
hasta 440 d. C, sobresale la costumbre mortuoria de
entierros en tumbas de tiro; y durante el segundo, de
500 d. C. hasta 1120 d. C. (fechas obtenidas a partir
= 1H
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
E Estructura
Tumbas de tiro
Juego de pelota
3-7 Templo
Zona de entierros
Entierros
NORTE
Figura 2. Sitio El Piñón, Bolaños, Jalisco.
del **C), hubo un cambio social y cultural debido a la
entrada de grupos procedentes del norte, de filiación
probable con los tepehuanes, como sucedió siglos más
tarde con la migración de los tepecanos. En ambos pe-
riodos se observó la influencia de otras culturas, al nor-
te desde Chalchihuites y La Quemada, al sur desde la
zona central de Jalisco y el oeste de Nayarit.
La migración de grupos procedentes del centro de
Jalisco —cuyos rasgos característicos eran los conjun-
tos circulares y las tumbas de tiro— penetró en el ca-
ñón encontrando un ambiente natural muy distinto a
su lugar de origen, por lo que seleccionaron el primer
valle que encontraron (San Martín de Bolaños), fun-
dando el centro más importante desde el cual contro-
lar la ruta de intercambio recién establecida. Ocupa-
ron el cerro de El Piñón (fig. 2) y frente a este, a orillas
del río que atraviesa el cañón, fundaron Pochotitan (fig.
3) aprovechando el terreno plano en la margen oeste.
En el primero se establecieron el gobernante rodeado
por su grupo de poder, los dedicados al culto, los arte-
sanos ceramistas y los que elaboraban objetos de pie-
dra (obsidiana, pedernal y piedra volcánica). En el se-
=1%.
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Figura 3. Sitio Pochotitan.
= 19
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Figura 4. Sitio La Florida.
gundo aprovecharon el terreno plano que ofrecía la
margen del río para construir un conjunto circular cu-
yas funciones serían efectuar las transacciones comer-
ciales con las caravanas de comerciantes que pasarían
por el río en ambas direcciones. En ambos sitios se cons-
truyeron tumbas de tiro.
Durante el periodo de adaptación y construcción de
estos dos asentamientos, un segundo grupo continuó
su marcha hacia el norte del cañón hasta llegar al inicio
de este en el valle de Valparaíso. En ambos lados exis-
ten mesetas que fueron aprovechadas para asentarse fun-
dando conjuntos circulares y tumbas de tiro (sitios La
Florida y La Pila del Álamo) (Cabrero y López 2009)
(fig. 4) con la probable intención de controlar la entra-
da al cañón. A todo lo largo existen sitios dispuestos
unos frente a otros, confirmando la existencia de la ruta
comercial, su probable control y el abastecimiento e in-
tercambio de mercancías (fig. 5). Desde el inicio de su
desarrollo, la cultura recibió la influencia de Chalchi-
huites, reflejándose en los motivos decorativos de la ce-
rámica; se registró la presencia del tipo cloisonné en La
Florida, fechado en 50-150 d. C. en El Piñón y en Po-
chotitan (Cabrero 2012) (figs. 6 y 7).
La cerámica incisa originaria de Chalchihuites fue
reproducida en Bolaños con baja calidad en la elabora-
ción, pero con similares motivos decorativos; se encuen-
tra con frecuencia en los tres sitios antes mencionados
durante ambos periodos. La cerámica al negativo se
manufacturó intensivamente y con un alto nivel de
perfección; en las tumbas de tiro dominan las vasijas
con esta técnica (Cabrero 2014b). Este tipo cerámico
aparece en Los Altos de Jalisco, donde se identificaron
tumbas de tiro (Bell 1974). Se ignora si se originó en
Bolaños o en Los Altos de Jalisco.
Durante este primer periodo, la ruta comercial se di-
rige más hacia Nayarit, donde abundan las tumbas de
tiro; así se encuentra el tipo «chinesco» en las tumbas
de Bolaños y las urnas funerarias originarias de Bola-
ños en zonas de Nayarit (Furst 1966; Yoma 1994; pre-
sa de Aguamilpa).
=20=
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En el segundo periodo se presenta un cambio en el
patrón de asentamiento: desaparecen los conjuntos cir-
culares y, en su lugar, surge un patrón rectangular; esto
se identificó en las laderas de Mezquitic (situado en la
parte central del cañón), donde se observa claramente
dicho cambio (fig. 8). Lo anterior podría deberse a la
entrada de grupos procedentes del norte, muy posible-
mente de origen tepehuane, asentados en Durango den-
tro de la cultura Loma San Gabriel estudiada por M.
Foster (2000).
En El Piñón y Pochotitan se observa también un cam-
bio en el sistema constructivo. La ruta de intercambio
comercial se extiende hacia la cuenca de Zayula, en el
sureste de Jalisco, cuya evidencia arqueológica se tiene
en las figurillas tipo «Cerro García» (Gómez Castélum
y De la Torre 1996) descubiertas en El Piñón y en La
Quemada, al norte, con la presencia de tiestos incisos
semejantes. El contacto con La Quemada propicia la
relación con las caravanas de comerciantes proceden-
tes del centro de México que se dirigen hacia los yaci-
mientos de piedra verde de Chalchihuites y a los de
turquesa de Nuevo México (fig. 9).
En Bolaños se descubrió una máscara funeraria ela-
borada con mosaicos de concha (Spondylus sp.), con un
colgante de concha que reproduce una serpiente bar-
bada; en el interior de su cuerpo muestra representa-
ciones de chalchihuites y, en el exterior, gotas de agua
(Cabrero 2014a) (fig. 10). También se descubrió una
orejera con la representación de Tláloc, deidad teoti-
huacana dedicada al agua (fig. 11).
Ambos elementos constituyen la prueba del contac-
to con personas de origen teotihuacano que fue repro-
ducido entre los artesanos bolañenses; debieron de se-
leccionar esta deidad por ser el dios dedicado al agua y
este elemento debió de ser muy importante para ellos
debido al ambiente natural inhóspito en que vivían.
Lo anterior no implica la presencia de gente teoti-
huacana en Bolaños, pero sí ratifica la existencia de la
ruta de intercambio del interior propuesta por el Dr.
Kelley hace varias décadas (Kelley y Kelley 1976).
Por otra parte, la ruta comercial que atravesaba el
cañón de Bolaños favoreció el desarrollo económico y,
por ende, el sistema cultural en general. La escasa ex-
tensión de tierras de cultivo provocó el surgimiento de
especialistas en concha y obsidiana, ambas materias pri-
mas inexistentes en la región pero que llegaban a través
de las caravanas de los comerciantes. De esa forma ten-
drían productos que les permitieran intercambiar ob-
jetos elaborados localmente por productos provenien-
tes del exterior, tales como la sal, el tabaco, el algodón
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El Chino
104*00 103%45 10330
Figura 5. Centros de control de la región de Bolaños.
y, especialmente, la obsidiana y la concha. La evidencia
de lo anterior procede de pequeños talleres de obsidia-
na localizados en las terrazas de El Piñón, donde se re-
cuperaron más de 2000 puntas de proyectil, raspado-
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Figura 7. Vasija restaurada con decoración seudo-cloisonné de La Florida.
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Est. 2 Est. 7
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Escala 1:50
Proyecto Cañón del Río Bolaños
Sitio La Manga, Rancho Viejo
Mezquitic, Jalisco
Figura 8. Combinación de patrón rectangular y circular.
Yacimientos de turquesa
Golfo
de México
Océano
Pacífico
Figura 9. Ruta de intercambio comercial del interior (Kelley 1980).
-23-
Figura 10. Máscara funeraria en Spondylus sp.
res y raederas; del taller de concha de Pochotitan, de
restos de tejidos de algodón y de la figurilla hueca pro-
veniente de una de las tumbas de tiro que representa a
un personaje sentado en actitud de fumar (fig. 12).
Se han encontrado en Durango y San Luis Potosí
puntas de proyectil semejantes a las halladas en Bola-
ños (Spence 1971; Braniff 1961); objetos de concha con
la misma técnica de manufactura y acabado en Cerro
del Huiztle (Manzo 1983). Por otra parte, cabe la posi-
bilidad de que haya existido intercambio de productos
marinos de la ruta comercial de Bolaños con la ruta
comercial del interior que los condujo a Casas Gran-
des, donde se identificó la especie Persicula bandera. En
El Piñón se recuperó esta especie con frecuencia en con-
textos funerarios, mientras que en Casas Grandes se re-
portó su presencia esporádicamente. Di Peso (1974)
señaló una ruta probable que atravesaba la sierra de
Durango hasta llegar a la costa de Culiacán y Sonora;
pero en especial la especie Persicula bandera habita úni-
camente en la desembocadura del río Bandera, situado
en Jalisco, por lo que sería mas fácil obtenerla a través
de la ruta de Bolaños.
Una de las evidencias arqueológicas que demuestran
la actividad religiosa es el hallazgo de una cabecita hu-
-2d4-
Figura 11. Representación de Tláloc.
mana de barro que formó parte de una figurilla sólida
que exhibe una máscara de un animal identificado como
tlacuache, significando la integración de la fauna local
en la cosmovisión del grupo (Cabrero 2016) (fig. 13).
Un segundo rasgo arqueológico es la presencia de un
objeto de uso desconocido encontrado en el interior
de las habitaciones, con frecuencia clasificado como
«tablillas»; a excepción de un ejemplar, se tienen solo
fragmentos pero que denotan su forma y a veces sus
dimensiones. Se trata de objetos planos o con una cur-
vatura ligera muy gruesos, con decoraciones incisas O
esgrafiadas diversas; algunos presentan decoración pin-
tada en rojo. El único ejemplar completo muestra una
curvatura ligera, tiene decoración pintada en rojo y ne-
gro y se encontró sosteniendo el cráneo de un ser hu-
mano enterrado en algún momento del segundo pe-
riodo (Cabrero 2017). Por desgracia, el entierro no se
pudo excavar completamente por haber sido saqueado
con anterioridad. Durante las excavaciones no se logró
encontrar otro ejemplar en ningún entierro estudiado
por nosotros (fig. 14).
La cultura Bolaños se originó a partir del interés de
los pueblos del centro de Jalisco por establecer relacio-
nes comerciales con la cultura Chalchihuites para ob-
tener la codiciada piedra verde. Los grupos coloniza-
dores llevaban un bagaje cultural que tuvieron que
=35-=
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adaptar a un ambiente natural muy distinto; sin em-
bargo, desarrollaron su propia idiosincrasia adoptando
rasgos de las culturas que los rodeaban a través de la
ruta de intercambio comercial que establecieron. Lo-
graron controlar de forma independiente dicha ruta al-
canzando un desarrollo complejo a nivel de cacicazgo,
con estratos sociales bien definidos. Su economía se basó
principalmente en el intercambio de productos y ma-
terlas primas.
Su ideología se conservó de acuerdo con el bagaje cul-
tural que traían (tumbas de tiro y conjuntos circulares)
hasta la penetración de grupos extranjeros que impu-
sieron, de forma pacífica, nuevas modalidades en el sis-
tema de enterramiento y en el constructivo. Durante Figura 13. Personaje con máscara de tlacuache
ese periodo, las relaciones comerciales se ampliaron has- y adorno de peyote en las mejillas.
1, 0
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Figura 14. Tablilla.
ta el sureste de Jalisco y el norte, con La Quemada con-
servando siempre su relación con Chalchihuites. Ha-
cia el siglo XIL, la cultura decayó tal vez por procesos
sociales y económicos extraños a la región que provo-
caron su caída y desaparición.
La cultura Bolaños es buen ejemplo de un desarrollo
sociocultural propio que recibió la influencia del occi-
dente y el norte de México sin llegar a pertenecer ex-
clusivamente a ninguno de ellos.
Agradecimientos
Para terminar deseo manifestar mi agradecimiento a
la Universidad Nacional Autónoma de México, al
CONACYT y al Consejo de Arqueología del Instituto
Nacional de Antropología por todo el apoyo que me
brindaron durante 25 años de trabajo de campo y que
aún prosigue con mi trabajo de gabinete.
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Alberto E. Pérez
Departamento de Antropología, Universidad Católica de Temuco, Temuco, Chile
(aperezOuct.cl)
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Valdivia 3 de Pd e
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Los Radales 1
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Depresión
central
Costa
Sector Cordillerano Oriental
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Cordillera q Cuenca Lácar
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occidental
Valdivia)
1
Moriental- 420
Río Limay
O San Carlos de
Bariloche
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* Efecto orográfico
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“4,000 2.000 1.000 600
A z - Precipitaciones eñ mm
É %
Figura 1. Ubicación del sitio Los Radales 1 y otros sitios con alfarería de la tradición
bícroma rojo sobre blanco en la cuenca Lácar.
Recibido: 3-7-2018. Modificado: 19-7-2018. Aceptado: 23-7-2018. Publicado: 30-7-2018.
Edited + Published by Pascual Izquierdo-Egea. Arqueol. Iberoam. Open Access Journal.
License CC BY 3.0 ES. http://laiesken.net/arqueologia/archivo/2018/3903.
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
RESUMEN. El sitio Los Radales 1 representa el primer estudio sistemático del recientemente caracterizado «sector
oriental cordillerano del área arqueológica de la cuenca del río Valdivia». Se trata de un evento único de ocupación
datado en 480 + 60 años AP (madera, LP 3035) en pleno contexto del Periodo Alfarero Tardío, con cerámica de la
tradición bícroma rojo sobre blanco e incluyendo el primer registro oriental cordillerano de alfarería tricolor. Se presenta
la caracterización de los conjuntos líticos y cerámicos del sitio, su cronología y se describen las principales características
compartidas con otros conjuntos conocidos para las regiones de Panguipulli y Villarrica, en el área centro-sur de Chile.
PALABRAS CLAVE. Periodo Alfarero Tardío; Patagonia noroccidental; lítica; cerámica.
ABSTRACT. The site Los Radales 1 represents the first systematic study of the recently characterized “eastern cordilleran
sector of the archaeological area of the Valdivian River Basin”. It is a unique occupation event, dating from 480 + 60
years BP (wood, LP 3035), in the context of' the Late Pottery Period; with ceramics from the red on white bichrome
tradition, and including the first eastern cordilleran record of tricolor pottery. This paper presents the characterization
ofthe lithic and ceramic assemblages of this site, its chronology and the main features shared with other known assemblages
from the regions of Panguipulli and Villarrica, in the central-southern area of Chile.
KEYWORDS. Late Pottery Period; northwestern Patagonia; lithics; ceramic.
INTRODUCCIÓN
Los Radales 1 (en adelante LR1) es un asentamiento
a cielo abierto ubicado en una planicie de altura del
sector centro-occidental del cordón Chapelco. Sus co-
ordenadas son 40? 9 32” S y 71” 18” 44” W, y se en-
cuentra a una altura de 853 ms. n. m. (fig. 1), al sur de
la provincia de Neuquén, Patagonia Argentina. Actual-
mente urbanizado, cuenta con un sector de bosque de
radales (Lomatia hirsuta) y de cipreses (Autrocedrus chi-
lensis). Zoogeográficamente, la zona pertenece al Dis-
trito Subandino Neuquino (Gollán 1958). El sitio for-
ma parte del «sector oriental cordillerano» del área
arqueológica de la cuenca del río Valdivia (Pérez 2016).
Se trata de un asentamiento que presenta un único even-
to de ocupación con alfarería rojo sobre blanco carac-
terística del Periodo Alfarero Tardío (fig. 2).
Por tratarse de un sitio singular en el contexto orien-
tal cordillerano, se presenta un avance de las investiga-
ciones realizadas, una descripción y caracterización de
los conjuntos cerámicos con miras a su integración re-
gional, y herramientas analíticas para la comparación
con otros conjuntos cercanos en ambas vertientes de la
cordillera de los Andes.
ASPECTOS METODOLÓGICOS
Recuperación de los materiales
La metodología empleada incluyó la excavación de
4 cuadrículas de 1 x 1 m, la recuperación de artefactos
y el registro de estructuras en planta. La intervención
estratigráfica arrojó un único evento de ocupación da-
tado en 480 + 60 años AP (madera, LP 3035), calibra-
da en 1 sigma corresponde a 1415-1498 cal. AD (0.9,
área de relatividad), 1600-1607 cal. AD (0.04, área de
relatividad), el cual concuerda con el momento en que
las sociedades originarias de la cuenca valdiviana man-
tuvieron un exitoso sistema económico mixto (Pérez
2016).
El suelo presenta una capa de humus superficial (0.07
m) y, debajo, un perfil homogéneo de más de 0.70 m
de limo arcilloso, compacto, de color bezge, donde los
elementos de mayor tamaño observados corresponden
a artefactos líticos y cerámicos.
Análisis en laboratorio
El análisis cerámico será un estudio cualitativo y cuan-
titativo (Convención Nacional de Antropología 1966;
Orton et al. 1995; Calvo Trías et al. 2004) que con-
templa los siguientes aspectos: decoración, caracteriza-
ción de las inclusiones (distinguiendo materia prima,
tamaño y distribución en la pasta), tipo de cocción y
tratamiento de la superficie. Los criterios morfológicos
para la caracterización de tipos cerámicos son los pro-
puestos por Adán y Alvarado (1999), Adán et al. (2005)
y Bahamondes Muñoz (2009). Finalmente, se compa-
rarán las frecuencias de distribución de algunos rasgos
característicos con otras áreas de estudio cercanas de am-
bas vertientes de la cordillera de los Andes.
30
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
Asas
Engobe blanco
Incisos
Engobe rojo
Dv?
80%,
Superficies grises
Via
Figura 2. Conjuntos alfareros del sitio LR1.
TECNOLOGÍA CERÁMICA
La muestra está conformada por 130 artefactos. En-
tre estos, 111 (85.4 %) son fragmentos de cuerpos, seis
fueron recompuestos y recalculados en cuatro; 14 pre-
sentan engobe, cinco son rojos y nueve blancos. Entre
estos últimos, dos presentan pintura, uno lineal roja y
otro tricolor negra y blanca sobre ante. Hay tres frag-
mentos de cuerpo de más de 10 mm de espesor con
superficie pintada en color rojo. Dos fragmentos pre-
sentan engrosamientos que sugieren ser parte de unio-
nes con asas circulares. Finalmente, entre las piezas con
engobe blanco, una presenta orificio de suspensión.
Equivalente estimado de vasijas (Eve)
Se tomaron múltiples variables para obtener el equi-
valente estimado de vasijas (Eve). Primero a partir de
los bordes, a los que luego se agregaron los fragmentos
decorados y, finalmente, se compararon las inclusiones
de fragmentos que podrían corresponder a una misma
pieza.
Como resultado, se identificaron siete grupos mor-
fológicos y decorativos correspondientes a un Eve de
17 vasijas: un fragmento de cuerpo de vasija tricolor,
un fragmento de cuerpo de vasija bícroma pintada, una
vasija con engobe blanco similar al grupo morfológico
de las botellas, dos vasijas con engobe colorado, dos
vasijas pintadas en rojo correspondientes a ollas; otras
ocho vasijas corresponden a distintas variedades de par-
do-rojizo, asas cilíndricas, decoración incisa y presen-
cia de engrosamiento de bordes. Una de estas es del gru-
po de las ollas, otra es jarra o botella y la última un vaso
o boca de jarro. Finalmente, dos vasijas de color gris
con borde engrosado se adscriben al grupo de jarras y/
o vasos y otra al de las ollas.
-3l>
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
DISCUSIÓN
La alfarería utilitaria conserva aspectos morfológicos
básicos del Periodo Alfarero Temprano (Pérez 2011,
2015), pero agrega a su repertorio vasijas con engobes
blancos y rojos e inclusiones de cuarzo, vasijas con pin-
tura geométrica roja sobre engobe blanco y grecas po-
lícromas. La datación convencional de '*C obtenida en
el sitio LR1 es sincrónica a los hallazgos chilenos, ya
que la presencia de alfarería tricolor es rara y está ca-
sual mente circunscrita al siglo XV, asociándose a los mo-
mentos finales de lo que algunos investigadores chile-
nos han caracterizado como estilo El Vergel (Quiroz y
Sánchez 2005; Bahamondes Muñoz 2009, 2010). For-
Figura 3 (tabla 1). Escala de redondeo: 1) muy angular; 2) angular; 3) subangular; 4) subredondeado; 5) redondeado;
6) bien redondo. Escala de homogeneidad: 1) muy pobre; 2) pobre; 3) equilibrada; 4) buena; 5) muy buena.
C: cuarzo; Mb: mica biotita; Mm: mica moscovita, O: otros (Orton et al. 1995).
RECTO CO ECC EE EE
EEE EI ROO E E E
Es cuero [ista | rua | atea [zorro | 0 | 5 fosto[ 2 | 3.
A e e Pp
ceo | ans O EE
Espesor
Mb
ORO O EEE EL E EEE
roses | aaxaaxas | Paisa | Puso] 7ore oa | 00m [910 | 0530 | 2 [2
72 [cuero | soxzaxs | Putos | paa [roza] o [5 [osto|s [e
7 [cuero | 2ox20x5s | Paisa | aussca | over | cm [10 [oszo| 2 [2
Tre cuero | 2oxz0xés | Paisa | arseóa | 7ore oa] cmo | 5 [osto| 5 [2
7 [cuero | aexzexa | putos | Paso [roes2| cmo | 5 [osto|s [os
A A
Pomo | cm 0 | asso [29 [+
18 Asa 41x35 Pudo 5YR 7/3 C, Mb 10 0.5-1.0
redondeada
19 Asa en 35x31 x 13 Alisada 5YR 7/4 C, Mb, 10 0.5-1.0 3-4
cinta Mm
20 Asa 58 x42x2 Alisada | 7.5YR 7/2 C, Mb 10 0.5-1.0 3-4 3-4
redondeada
21 Trozo de 24 x23x8 Irregular | Irregular | Alteración Mb, C 2
masa térmica
e y 0
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
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LR1-N* 13
Figura 4. Vista de cortes analizados (muestras LR1 n.* 13, 14 y 18 de las figuras 2 y 3: tabla 1).
ma parte del repertorio de la recientemente denomi-
nada tradición bícroma rojo sobre blanco (Adán et al.
2005), de la cual se han realizado previamente algunas
consideraciones sobre sus aspectos formales (Pérez
2011) y algunos de sus elementos decorativos (Pérez
2017).
Entre los grupos morfológicos presentes en el sitio,
se observan tanto vasijas para actividades de servicio (ja-
rras, vasos) como de almacenamiento (botellones) y
cocción (ollas), lo que refuerza el carácter de área de
actividades múltiples, posiblemente residencial. Se ob-
serva cierta diversidad tecnológico-funcional que po-
demos caracterizar entre vasijas de paredes delgadas,
menores de 5 mm, con inclusiones micáceas y otro gru-
po de paredes más gruesas con inclusiones graníticas;
todas presentan superficies finamente alisadas o puli-
das. Las primeras están vinculadas al servicio, como los
jarros y vasos, y las segundas a la preparación o cocción
de alimentos, como las ollas.
Las decoraciones incisas lineales y el engrosamiento
de bordes están representados en sitios de la cuenca del
río Limay (entre otros, Aldazabal y Eugenio 2009; Cri-
velli Montero 2010), pero no constituyen exclusiva-
mente un rasgo singular oriental cordillerano, ya que
se han encontrado desde la costa del Pacífico hasta la
estepa oriental cordillerana y más allá (Pérez 2011). La
escasa presencia de cerámica gris incisa y la ausencia de
decoración unguiculada (Belelli 1980) sugiere una afi-
nidad de caracteres transversales (este-oeste) y menor
vinculación a las cuencas del río Neuquén y su contra-
parte occidental cordillerana.
La presencia de asas verticales es importante en el si-
tio, lo que sugiere el transporte de productos o, por lo
menos, cierta movilidad o circulación potencial de los
mismos.
La gran diversidad de vasijas, observada mediante las
inclusiones (figs. 3 y 4) y la decoración (figs. 2 y 3) es
similar a la recientemente descrita para sitios de la li-
míitrofe área andina occidental cordillerana (ver Reyes
2009; Reyes et al. 2003-04; Adán et al. 2007; Munita
et al. 2010; Adán y Mera 2011; Navarro et al. 2011;
Toro 2012 en Pérez et al. 2016).
CONCLUSIONES
La tecnología cerámica fue considerada escasa o rara
en la Patagonia hasta hace poco tiempo. Los novedo-
sos estudios en el sector boscoso y de transición del sur
de la provincia de Neuquén muestran un importante
desarrollo cerámico, hasta ahora poco conocido, y me-
nos aún su vinculación a los desarrollos alfareros tras-
andinos contemporáneos (Pérez 2011). Si bien el re-
gistro de alfarería de El Vergel y Valdivia no es novedoso
-33-
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
al oriente de la cordillera de los Andes, su presencia, al
igual que la alfarería Pitrén, fue históricamente atribuida
a movilidad, contactos, intercambios e interacción (Haj-
duk ez al. 2007; Aldazabal y Eugenio 2009; Cúneo
territorialidad limitada, mediatizadas por la cordillera
de los Andes (Pérez 2015). En este contexto, el sitio
LR1 es el primer asentamiento residencial, emplazado
al oriente de la cordillera de los Andes, caracterizado
2010; Cúneo et al. 2016; Berón et al. 2012; Silveira et
al. 2013) entre poblaciones de diferente adscripción
como perteneciente a poblaciones que contaron con
esta alfarería como parte de su cultura material y de su
identidad.
étnica o no, que mantenían relaciones sociales y/o una
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MÁS DE 100 AÑOS ININTERRUMPIDOS DE REGISTRO
GEOMAGNÉTICO EN MÉXICO: IMPLICACIONES
EN LA DATACIÓN ABSOLUTA DE ALGUNOS
EDIFICIOS HISTÓRICOS
More than 100 Uninterrupted Years of Geomagnetic Record
in Mexico: Implications in the Absolute Dating
of Some Historic Buildings
Esteban Hernández-Quintero,' Avto Goguitchaichvili,?
Rafael García-Ruiz,? Miguel Cervantes-Solano,*
Gerardo Cifuentes-Nava *
! Servicio Magnético, Instituto de Geofísica, UNAM
? Servicio Arqueomagnético Nacional, Instituto de Geofísica, UNAM
? Laboratorio Interinstitucional de Magnetismo Natural, ENES, Campus Morelia, UNAM
(avtoGgeofisica.unam.mx)
Pd
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bra art pago
Figura 1. El primer observatorio magnético formalmente instalado en México se situó en la azotea del Palacio Nacional,
en funcionamiento desde septiembre de 1879 (Comisión Nacional del Agua 2012).
RESUMEN. En México funciona con regularidad, desde el año 1914, el Observatorio Geomagnético de Teoloyucan,
proporcionando un registro casi continuo de la variación secular del campo magnético terrestre. En el presente trabajo
Recibido: 16-7-2018. Aceptado: 23-7-2018. Publicado: 30-7-2018.
Edited + Published by Pascual Izquierdo-Egea. Arqueol. Iberoam. Open Access Journal.
License CC BY 3.0 ES. http://laiesken.net/arqueologia/archivo/2018/3904.
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
se presenta una síntesis del registro geomagnético obtenido en México desde hace más de cien años. Con estos datos se
ofrece una curva de variación secular regional la cual, dada su calidad técnica, se propone como herramienta de datación
arqueomagnética para este intervalo de tiempo.
PALABRAS CLAVE. Registro geomagnético; variación secular; datación arqueomagnética; México.
ABSTRACT. In Mexico, the Teoloyucan Geomagnetic Observatory has been operating regularly since 1914, providing
an almost continuous record of the secular variation of'the Earths magnetic field. This work offers a synthesis of the
geomagnetic record obtained in Mexico for more than one hundred years. With these data, we propose a regional secular
variation curve which, given its technical quality, is proposed as an archaeomagnetic dating tool for this time interval.
KEYWORDS. Geomagnetic record; secular variation; archaeomagnetic dating; Mexico.
INTRODUCCIÓN
En el actual territorio mexicano se tienen referencias
desde el siglo XVI (1576), cuando Cavendish efectuó
mediciones magnéticas en La Paz, Cabo Corrientes y
Manzanillo. Dudley hizo mediciones en el puerto de
Veracruz (1630). En el centro de la actual República,
las mediciones más antiguas fueron efectuadas en 1769
y 1775 por José Antonio Alzate y Joaquín Velázquez
de León en Ciudad de México, así como por Alexan-
der von Humboldt a principios del siglo XIX. En 1856
se actualizan los instrumentos de medición y se comien-
za a medir la componente horizontal del campo mag-
nético terrestre (Sonntag 1860).
En 1879 se instaló el Observatorio Meteorológico y
Magnético Central de México en el Palacio Nacional
(fig. 1), año en el que fungía como presidente Porfirio
Díaz. El observatorio dependía de la Secretaría de Fo-
mento. Para la instalación de los instrumentos, se cons-
Figura 2. Ejemplo de variación espacial de la declinación magné-
tica en 1850, construida con los datos de R. Sandoval (1950) para
la República Mexicana.
truyó, en la azotea del palacio, una caseta de madera y
herrajes de bronce. Se instaló un magnetómetro unifi-
lar Thompson para determinar H y D, una brújula de
inclinación Negrette-Zambra y se nombró como jefe al
ingeniero Vicente Reyes (Reyes 1884).
Es importante mencionar la obra de Rosendo San-
doval (1950) como responsable del entonces departa-
mento magnético; en su trabajo organizó todo el acer-
vo de datos geomagnéticos acumulados hasta aquella
época, dando sentido a las descripciones reportadas en
algunas publicaciones de la época (fig. 2).
Durante las primeras dos décadas del siglo XX, y
gracias al gran impulso global de la ciencia del geomag-
netismo, se instala en Teoloyucan (19? 44” 47,49” N y
99% 10” 53.4” Y, a 2200 metros de altura). Medir las
variaciones del campo magnético a alturas significati-
vas fue de gran importancia para los estudios de aque-
lla época, dada la inexistente tecnología satelital; asi-
mismo, se aseguraba una permanencia prolongada en
este sitio, dada la distancia que lo separaba de la ciudad
de México (más de 50 kilómetros). La estabilidad ha
sido, en un observatorio magnético, un requisito im-
prescindible para medir de manera adecuada los elemen-
tos magnéticos.
El Observatorio Magnético de Teoloyucan queda for-
malmente a cargo del Instituto de Geofísica de la Uni-
versidad Nacional Autónoma de México en 1949, año
de su fundación. Tras la Secretaría de Fomento, el go-
bierno central designa a esta universidad como respon-
sable de su operación (1929) a través del Instituto de
Geología, la cual pasa al Instituto de Geofísica a partir
de 1949. Durante 104 años ha mantenido su posición
geográfica, con tan solo un cambio menor en 1978 al
ser reubicado a unos metros de la Presidencia Munici-
pal del pueblo de Teoloyucan. Esta etapa marcó la pau-
ta para dar una consolidación al observatorio como tal.
— 37 -
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
Tabla 1a. Elementos del CMT registrados en el observatorio de Teoloyucan. La cursiva se refiere a los datos derivados de la
onceava generación del campo internacional de referencia geomagnético IGRE11 para la localidad de Teoloyucan.
ANNUAL MEAN VALUES
Teoloyucan Teo México
COLATITUDE 70.254 Longitude 260.807 Elevation 2280
D[?] 19] H Xx Y z F
YEAR Deg min Deg min nT nT nT nT nT
1914.5 8 49.6 46.06 0 32275 31927 4722 33499 46517
1915.5 8.49037 0 46.1571285 0 32196.3898 31843.5397 4753.57751 33523.8365 46480.6963
1916.5 8 59.7 46.2249336 0 32121.2181 31763.9013 4777.78504 33524.8883 46429.4173
1917.5 9 5 46.292853 0 32046.0864 31684.2629 4801.99258 33525.9402 46378.2311
1918.5 9 6.6 46.3608864 0 31970.9947 31604.6246 4826.20011 33526.9921 46327.1378
1919.5 9 7.7 46.4290336 0 31895.9435 31524.9862 4850.40765 33528.044 46276.1379
1920.5 9 9.6 46.4972946 0 31820.933 31445.3479 4874.61518 33529.0959 46225.2317
1921.5 9 119 46.5479323 0 31753.4106 31375.3829 4885.12368 33517.2249 46170.1575
1922.5 E] 11.2 46.5986782 0 31685.9023 31305.4179 4895.63218 33505.3539 46115.1292
1923.5 9 13.4 46 29 31727 31317 5085 33413 46076
1924.5 9 14 46 39.9 31562 Sdis3 5064 33452 45991
1925.5 9 14.7 46 30.4 31601 31191 5077 33308 45913
1926.5 9 18.2 46 44.7 31590 31174 5107 33576 46101
1927.5 9 19.9 46 40.5 31379 30964 5088 33270 45733
1928.5 9 20.8 46 43.6 31340 30924 5090 33289 45720
1929.5 9 23.5 46 45.3 31303 30883 5108 33281 45689
1930.5 9 ds 46 I57AS; 31202 30781 5110 33314 45644
1931.5 9 29.2 47 1.3 31122 30696 5129 33410 45660
1932.5 9 30.6 47 2.6 31106 30679 5139 33407 45647
1933.5 9 33.8 47 5.6 31041 30610 5157 33396 45594
1934.5 9 36.1 47 AS 31017 30582 5174 33404 45584
1935.5 9 37.5 47 9 31007 30571 5184 33425 45592
1936.5 9 39 47 8.5 30932 30494 5185 33336 45476
1937.5 9 39.4 47 10.9 30883 30445 5180 33330 45438
1938.5 9 40 47 12.3 30847 30409 5180 33318 45405
1939.5 9 40.7 47 10.2 30832 30393 5183 33261 45353
1940.5 9 41.8 47 9.3 30825 30385 5192 33235 45329
1941.5 9 40.9 47 10.7 30781 30343 5177 33216 45285
1942.5 9 41.5 47 10.5 30736 30297 5174 33162 45215
1943.5 9 39.5 47 9.1 30722 30287 5154 33121 45176
1944.5 9 38.5 47 8.2 30709 30275 5143 33090 45144
1945.5 9 39.1 47 5.4 30672 30238 5142 32995 45049
1946.5 9 37) 47 1.6 30622 30192 5116 32869 44923
1947.5 9 37.2 47 0.7 30594 30164 5113 32822 44870
1948.5 9 28.4 47.1893221 0 30609.0694 30191.3126 5039.81909 32929 45041.2873
1949.5 9 25 47 5.2 30566 30154 5001 32878 44891
1950.5 9 21.6 47 4.2 30506 30100 4961 32794 44789
1951.5 9 18.7 47 3.1 30487 30085 4933 32752 44745
1952.5 9 15z 47 2.6 30467 30070 4903 32722 44710
1953.5 9 14.6 47 3.7 30487 30091 4897 32763 44753
1954.5 9 14.3 47 4 30475 30080 4893 32757 44741
1955.5 9 10.7 47 9.6 30339 29951 4839 32717 44619
1956.5 9 10.6 47 5.8 30312 29924 4834 32616 44527
1957.5 9 7 47 11.2 30254 29872 4794 32656 44517
1958.5 9 6.1 47 10.4 30232 29851 4782 32617 44473
1959.5 9 5.2 47 11:7 30189 29810 4768 32595 44428
1960.5 9 iS 47 10.3 30156 29781 4739 32534 44360
1961.5 8 59.5 47 10 30122 29752 4708 32491 44306
1962.5 8 SES) 47 9.9 30074 29713 4648 32438 44234
1963.5 8 45.8 47 10.3 30032 29681 4575 32400 44178
1964.5 8 47.5 47 8.6 30007 29654 4586 32341 44118
1965.5 8 43.6 47 9 29971 29624 4547 32309 44070
1966.5 8 37.6 47 183 29933 29594 4490 32350 44074
1967.5 8 32.4 47 11.6 29934 29602 4445 32318 44051
1968.5 8 30 47 14.7 29901 29573 4420 32341 44046
1969.5 8 24.9 47 16.4 29872 29550 4372 32342 44027
1970.5 8 18.6 47 21 29845 29532 4313 32399 44050
1971.5 8 13.2 47 2.3 29816 29510 4263 32016 43749
1972.5 8 9.6 47 3.4 29777 29476 4226 31995 43708
1973.5 8 7,2 47 3.3 29769 29471 4205 31984 43694
1974.5 8 0.3 47 5.6 29675 29386 4133 31926 43588
1975.5 7 55.4 47 3.7 29632 29349 4085 31846 43500
1976.5 7 47.5 47 3.4 29566 29293 4008 31769 43398
1977.5 7 39.1 47 1.2 29568 29305 3937 31730 43371
1978.125 7 33 47 2.9 29506 29250 3877 31694 43303
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ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
Tabla 1b. Elementos del CMT registrados en el observatorio de Teoloyucan. La cursiva se refiere a los datos derivados de la
onceava generación del campo internacional de referencia geomagnético IGRE11 para la localidad de Teoloyucan.
ANNUAL MEAN VALUES
Teoloyucan Teo México
COLATITUDE 70.254 Longitude 260.807 Elevation 2280
D[] 119] H x Y z F D[”]
YEAR Deg min Deg min nT nT nT nT nT
1978.5 7.791843 0 47.2385734 0 29524.2747 29251.6815 4002.7393 31926.4044 43485.3779
1979.5 7 36.4 47 2543) 29320 29062 3881 31909 43334
1980.5 7 41.4 47 15.1 29342 29078 3926 31744 43228
1981.5 7 43 47 18.9 29283 29018 3932 31750 43192
1982.5 7 35 47 22.3 29230 28974 3857 31755 43160
1983.5 7 32.4 47 2307 29169 28917 3828 31715 43089
1984.5 7 30.3 47 22.9 29147 28897 3807 31676 43046
1985.5 7 ¿el 47 23.8 29075 28829 3771 31615 42952
1986.5 7 25.8 47 25.7 29014 28770 3752 31583 42887
1987.5 z/ 22.9 47 26.8 28966 28726 3722 31552 42832
1988.5 7 19.9 47 31.1 28896 28660 3687 31555 42787
1989.5 7 20 47 31.7 28869 28633 3685 31537 42755
1990.5 7 15.7 47 33.7 28831 28600 3644 31531 42725
1991.5 7 allez? 47 33.7 28775 28548 3604 31470 42642
1992.5 7 7 47 35.3 28732 28511 3560 31452 42600
1993.5 Y) 3.4 47 36.6 28692 28475 3525 31433 42559
1994.5 6 59.5 47 42.5 28601 28388 3481 31442 42504
1995.5 6 53.4 47 45 28541 28335 3423 31421 42449
1996.5 6 51.6 47 43.6 28541 28337 3409 31395 42430
1997.5 6 49.7 47 44 28463 28261 3384 31316 42318
1998.5 6 44.8 47 45.1 28394 28197 3336 31260 42230
1999.5 6 39.4 47 44.6 28336 28145 3285 31188 42138
2000.5 6 34.6 47 44.2 28279 28093 3239 31118 42048
2001.5 6 26.4 47 43.4 28200 28022 3163 31016 41920
2002.292 6 24.9 47 41.4 28192 28015 3150 30971 41880
2002.792 6 23.9 47 42.5 28145 27970 3137 30941 41827
2003.5 6 20 47 42.8 28100 27928 3100 30895 41762
2004.5 6 14.1 47 40.8 28064 27898 3048 30821 41683
2005.5 6 8.4 47 40 28020 27860 2997 30759 41608
2006.5 6 35 47 37.3 27987 27831 2950 30672 41521
2007.5 5 56.6 47 36.2 27933 27783 2892 30595 41428
2008.5 5 50m 47 35 27881 27737 2834 30515 41334
Actualmente, opera con instrumentos de última tec-
nología, como variógrafos Fluxgate de 3 componentes,
magnetómetros Overhauser de intensidad total y mag-
netómetros de declinación e inclinación magnética. Por
otro lado, reporta sus datos en tiempo real a la red mun-
dial de observatorios magnéticos.
Además del análisis histórico de la evolución de las
mediciones del campo geomagnético en México, un
resultado que se desprende de este volumen de infor-
mación es la curva de más de 100 años de variación
secular para el vector geomagnético con respecto al cen-
tro de la República Mexicana (tabla 1, fig. 3). En esta
curva se pueden observar rasgos de variación muy inte-
resantes: a) la declinación muestra aumento de 1900 a
1945, con un leve descenso casi continuo hasta hoy en
día, apreciándose un pequeño punto de inflexión ha-
cia 1977; b) la inclinación para los últimos 100 años
tiene una variación aproximada de 2 grados, en donde
se observa un aumento casi continuo de principios de
1900 hasta 2010; c) la intensidad, por otro lado, es un
parámetro que decae en una línea recta uniforme y con-
tinua, como cabe esperar para hoy en día.
IMPLICACIONES PARA LA DATACIÓN
Dentro del presente trabajo se desarrolla la curva
geomagnética de la declinación, la inclinación y la in-
tensidad haciendo uso de los datos recopilados para los
últimos 100 años, la mayor parte de los cuales pertene-
ce al observatorio de Teoloyucan.
Se complementó la información del vector geomag-
nético haciendo uso de la onceava generación del cam-
po internacional de referencia geomagnético IGRF11
(Unternational Geomagnetic Reference Field según sus si-
glas en inglés) para la localidad de Teoloyucan. Los datos
sintéticos que se incorporaron por medio del IGRF11
para la inclinación y la intensidad son aproximadamente
el 11 % del total de los mismos, y los de la declinación
representan el -2 %.
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ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
10
[<=]
2
= 8
£
3 6
1910 1920 1930 1940 1950 1960 1970 1980 1990 2000 2010
Year
27 48
<
ño)
w 47
£
l=]
£ 46
1910 1920 1930 1940 1950 1960 1970 1980 1990 2000 2010
Year
ME 4
E 5 10
S
[9]
¡E 4
1910 1920 1930 1940 1950 1960 1970 1980 1990 2000 2010
Year
Figura 3. Curvas representativas de los componentes del campo geomagnético para Teoloyucan.
Para poder obtener una curva de ajuste del conjunto
de datos, se hace uso del método llamado sp/ines cúbi-
cos penalizados, el cual es un método que junta dos
enfoques como son los splines de suavizado (smothing
splines) y los splines de regresión, donde dicho método
hace uso de menos parámetros en comparación con los
splines de suavizado y la selección de los nodos no es
tan determinante como en los sp/ines de regresión. Esto
es sumamente importante, ya que evita tener que ha-
cer uso de grandes dimensiones de datos, lo que eleva-
ría el costo computacional debido al empleo de matri-
ces que, al ser muy grandes, pueden hacer ineficiente
el método.
El método de P-splines se caracteriza por hacer uso
de penalizaciones, lo cual ayuda a que la elección del
número y de la localización de nodos no sea de vital
importancia.
> (5003
a
BC B+A40) B CUY (1)
Uno de los factores importantes dentro del presente
método es la matriz de diferenciación de segundo or-
den, con la cual se realiza la penalización O. El segundo
factor significativo es el parámetro de suavizado Á para
poder controlar la suavidad de la curva y penalizar los
coeficientes que estén muy separados entre sí, lo cual
es sumamente importante en la presencia de brechas o
espacios sin información (gaps). Ces la matriz de cova-
rianza del error, pero este es despreciable debido a que
los datos utilizados provienen de un observatorio, por
lo cual esta matriz se aproxima a la la matriz base B de
los B-splines cúbicos. Los datos de entrada, que pueden
ser la declinación, la inclinación o la intensidad, en-
tran como vector Y.
El algoritmo de interpolación sigue la metodología
establecida por Carrancho et al. (2013) para poder ob-
tener la curva representativa para la declinación y la
inclinación, así como el algoritmo para el ajuste de los
datos de la intensidad establecido por Goguitchaichvi-
li et al. (2018).
Haciendo uso del método de los splines cúbicos pe-
nalizados, se obtiene la curva representativa para cada
uno de los componentes del campo geomagnético de
México para los últimos 100 años; dicha curva (fig. 4)
puede ser de gran utilidad para realizar el ejercicio de
datación de objetos quemados tales como ladrillos, te-
jas y hornos mediante la herramienta de datación
arqueomagnética soportada por MATLAB (Pavón-
Carrasco et al. 2011).
OBTENCIÓN DE LA EDAD
Gracias al sofware desarrollado por Pavón-Carrasco
et al. (2011) es posible obtener una edad dentro del ran-
go de tiempo de los últimos 100 años con el método
arqueomagnético si se cuenta con la declinación, la in-
clinación y la intensidad. Cabe destacar que esta plata-
forma de datación fue empleada exitosamente en Me-
soamérica para los últimos 2 milenios (Punzo Díaz et
40
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
Location Map
Declination
1960 1980 2000
Year
Inclination (9)
1960 1980 2000
Year
Intensity (mT)
1960 1980 2000
Year
Figura 4. Curvas de variación del campo geomagnético desde 1914
bajo la plataforma de datación de Pavón-Carrasco et al. (2011).
-41-
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
al. 2015; Goguitchaichvili et al. 2016; Hernández Al.
varez et al. 2017). Dentro del presente trabajo se des-
cribe de manera breve la manera de utilizar la curva den-
tro del software denominado Archaeomagnetic Dating
by Paleosecular Variation Curves:
* Es fundamental que la computadora o el ordena-
dor que se utilice tenga el software MATLAB.
* Es necesario descargar el software archaeo_dating de
la página http://pc213fis.fis.ucm.eslarchaeo_dating/download. html.
e El tener el archivo .dat, donde está contenida la in-
formación de la curva desarrollada en el presente tra-
bajo, dentro de la carpeta del software archaeo_dating.
* Al ejecutar MATLAB, es necesario ir a la carpeta
donde está el software archaeo_dating y ejecutar la or-
den: > archaeo_dating.
e La ventana que se abre nos ofrece tres subventanas:
Archaeomagnetic Data, Choose your master PSVC y Pa-
rameters, además del botón Dating.
* Dentro de Archaeomagnetic Data es donde hay que
poner la información magnética junto con los paráme-
tros de incertidumbre (495 y 0,) y las coordenadas del
sitio de interés.
e En Parameters se debe seleccionar Entire Interval y
la probabilidad a la cual se desea hacer el ejercicio de
datación.
* Por último, en Choose your master PSVC, la única
opción a la cual se debe poner atención dentro del pre-
sente ejercicio de datación es a la pestaña New PSVC,
REFERENCIAS
en donde se escoge si se desea hacer datación con los
parámetros magnéticos por separado o con el vector
completo Full Vector.
e Al seleccionar cualquiera de las cuatro opciones
anteriores, es importante poner de nuevo las coorde-
nadas geográficas del sitio de interés y seleccionar el ar-
chivo .dat.
* Finalmente, para terminar, se debe presionar el bo-
tón Dating, el cual proporciona la edad más probable.
Agradecimientos
Los autores agradecen el apoyo financiero de los
proyectos CONACyT n.* 252149 y UNAM-DGAPA-
PAPIUT IN 101717.
CONCLUSIÓN
Luego de la selección y de los tratamientos estadísti-
cos antes descritos, el registro del CMT obtenido en
México por el Observatorio Geomagnético permite
lograr las curvas de variación secular de cada uno de
sus componentes —declinación, inclinación e intensi-
dad— para los últimos 100 años. Estas curvas cuentan
con la resolución y calidad adecuadas para ser utiliza-
das como herramienta de datación arqueomagnética.
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O ARQUEOLOGÍA IBEROAMERICANA 39 (2018): 44-56. ISSN 1989-4104. http://laiesken.net/arqueologia/.
LA NATURALEZA EN LA CULTURA BOLAÑOS
CON ÉNFASIS EN LOS ANIMALES
Nature in the Bolaños Culture with
an Emphasis on Animals
María Teresa Cabrero G.
Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM, México
(cabrerotBunam.mx)
RESUMEN. Los restos óseos de animales recuperados en las excavaciones y las representaciones zoomorfas en barro
asociadas a entierros humanos demostraron el aprovechamiento del hombre hacia los animales presentes en su ambiente
natural, además de su integración en la cosmovisión de la cultura Bolaños.
PALABRAS CLAVE. Naturaleza; cultura Bolaños; animales; Mesoamérica; México.
ABSTRACT. The fauna bones recovered from excavations and the zoomorphic representations in clay associated with
human burials have demonstrated the use of animals present in their natural environment, as well as their integration
into the worldview of the Bolaños culture.
KEYWORDS. Nature; Bolaños culture; animals; Mesoamerica; Mexico.
INTRODUCCIÓN
En este trabajo se analiza la convivencia del ser hu-
mano con la naturaleza que lo rodeaba en un ambiente
hostil como fue el cañón de Bolaños y la manera en
que se adaptó logrando vivir dentro de sociedades que
alcanzaron una complejidad que integraba estratos so-
ciales y costumbres diversas.
La dicotomía animal-vegetal representa la fuente más
importante en la vida de los habitantes de nuestro pla-
neta y en especial de los habitantes del cañón de Bola-
ños.
Los animales y el hombre han ido de la mano a tra-
vés de toda la trayectoria de su presencia en la Tierra; el
hombre ha recurrido a ellos con distinta intensidad, de-
pendiendo del ambiente natural en el cual ha vivido,
aunque siempre se encontraron unidos.
Los recursos vegetales forman el complemento de
vida para toda sociedad humana y son explotados se-
gún las condiciones ambientales (clima, tipo de paisa-
je, latitud, etcétera).
Sin embargo, todo lo anterior no sería factible sin la
presencia del agua como fuente primordial para el de-
sarrollo de todo ser vivo: hombre, animal y vegetal.
CONDICIONES AMBIENTALES EN EL
CANON DE BOLANOS
El cañón de Bolaños, como ya se ha mencionado en
ocasiones anteriores, forma parte de la provincia geo-
lógica de cañones de la Sierra Madre Occidental; prin-
cipia en el valle de Valparaíso, situado en el extremo
oeste del estado de Zacatecas, y corre hacia el sur hasta
la confluencia con el río Grande de Santiago, en los lí-
mites de Jalisco y Nayarit. Lo forman dos elevadas sie-
rras y, al fondo, corre el río Bolaños. Presenta un clima
semiseco y semicálido, con muy baja precipitación
Recibido: 24-7-2018. Aceptado: 7-8-2018. Publicado: 15-8-2018.
Edited + Published by Pascual Izquierdo-Egea. Arqueol. Iberoam. Open Access Journal.
License CC BY 3.0 ES. http://laiesken.net/arqueologia/archivo/2018/3905.
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
anual. El paisaje es escabroso, predominando la vege-
tación de matorral espinoso, chaparral y nopalera; solo
en las partes altas de la sierra existe bosque de pino-
encino. El análisis palinológico de la zona que se llevó
a cabo detectó que el bosque se extendía hasta la ladera
media de la sierra, siendo diezmado a partir de la época
colonial, durante los siglos XVII y XVIII, debido a la
explotación minera (Cabrero y López 2002; Ibarra
2005; Brading 1969).
Las evidencias arqueológicas señalan que la coloni-
zación del cañón se llevó a cabo por grupos originarios
del centro de Jalisco, donde el ambiente natural era muy
benigno; había terrenos planos donde cultivar, agua
abundante y clima templado. Al llegar al cañón, se en-
contraron con un ambiente natural muy diferente al
que estaban acostumbrados; por lo que tuvieron que
pasar por un periodo de adaptación corto debido al in-
terés en establecer una ruta de intercambio comercial
lo antes posible, con el propósito de mantener contac-
tos con la zona de Chalchihuites, situada al norte de la
región de Bolaños, donde se explotaba la codiciada pie-
dra verde.
Los colonos se vieron en la necesidad de asentarse
en las partes altas de los cerros que delimitaban el río;
no había terrenos planos donde cultivar, por lo que
aprovecharon las laderas de los cerros construyendo te-
rrazas artificiales. La vegetación natural se limitaba a
quelites, verdolagas, tunas, nopales, ciruelas amarillas,
frutos del mezquite y agaves, donde la lechuguilla des-
taca por la utilización de la fibra para hacer cuerdas,
canastas y tejidos. Cabe aclarar que había plantas me-
dicinales diversas que también fueron utilizadas (Ca-
brero 1989).
Respecto a la fauna, se encontraron con una amplia
variedad que aprovecharon como alimentos, vestidos,
ornamentos e instrumentos musicales.
FAUNA PREHISPÁNICA RECUPERADA
DURANTE EL TRABAJO ARQUEOLÓGICO
Para tratar este apartado, nos apoyaremos en el aná-
lisis de los huesos de animales recuperados durante las
excavaciones; posteriormente, se mencionan las repre-
sentaciones hechas en barro, descubiertas en contextos
mortuorios de unidades habitacionales y tumbas de tiro.
El análisis incluyó la identificación de haber sido coci-
nados o cremados en los fogones a manera de combus-
tible (Manrique 1997).
Mamíferos
— Venado de cola blanca (Odocoileus virginianus). Este
mamífero fue uno de los animales más utilizados. Se
aprovechó totalmente su carne como alimento, su
piel como vestido, sus huesos en la fabricación de ins-
trumentos musicales, su cornamenta en la elabora-
ción de punzones con múltiples usos. Se descubrie-
ron huesos cocinados y quemados, lo que indica su
aprovechamiento total.
— Armadillo (Dasypus novemcinctus). La carne es de alta
calidad, por lo que se utilizó como alimento. Su co-
raza es apreciada para utilizarla a manera de recipien-
te, ya sea en objetos cotidianos o rituales. Sus placas
pudieron servir como colgantes de collares, tal como
se ha reportado para otras culturas.
— Pécari de collar (Tayassu tajacu). Su carne es muy co-
diciada aún hoy en día; sus colmillos fueron utiliza-
dos como pendientes o en collares, evidencia descu-
bierta en la cultura Bolaños.
— Orden de los roedores: liebres (Lepus sp.), conejos (Syl-
vilagus sp.), ardillas (Sciurus sp.), ratones canguro
(Perognathus sp.), ratas de bosque (Neotoma sp.), ra-
tas cañeras (Symodon hispidus), ratones de patas blan-
cas (Peromyscus sp.). Los roedores fueron alimento
muy común en la cultura Bolaños; se encontraron
con frecuencia huesos cocinados.
— Lince (Lynx rufus).
— Puma (Puma concolor).
Se dejaron al final de la lista el lince y el puma, am-
bos reconocidos en la región como «leones» a los que
temen enfrentarse; de ambos se utiliza la piel disecada
como símbolo de poder. Es posible que durante el pe-
riodo prehispánico hayan desempeñado un papel se-
mejante.
Aves (orden de los paseriformes)
Los pájaros silvestres abundan en la región; sin em-
bargo, sus huesos son muy pequeños y fácilmente se
deterioran y desintegran. Durante el análisis de los hue-
sos de animales, se descubrieron pocos huesos de aves
que se lograron identificar.
— Garza blanca (Casmerodius albus). Se identificaron
varios huesos de este tipo de ave; su ambiente natu-
ral serían las márgenes del río que, en aquel enton-
ces, debería llevar bastante agua según el cauce que
presenta hoy en día. Su escasa presencia no permitió
conocer si fue aprovechada como alimento.
45
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
— Patos. Se identificó el Anas sp., que fue utilizado ade-
más de alimento como compañero del hombre en
su entierro, y el Aythya sp., pato buceador utilizado
como alimento.
— Codorniz (Callipepla squamata). Codiciada por su car-
ne blanca; hoy todavía se encuentra en la región.
— Guajolote (Meleagrís gallopavo). Fue un ave muy co-
mún utilizada como alimento hasta hoy en día; la
diferencia es que durante el periodo prehispánico era
silvestre y en la actualidad es un ave doméstica.
— Gavilán chapulinero (Buteo swansoni). En la actuali-
dad existe esta ave en la región; es muy probable que
su hallazgo en el sitio arqueológico de El Piñón fue-
se producto de una cacería fortuita por ser un ave
llamativa.
Todas las aves mencionadas fueron fuente alimenti-
cia y a pesar de no haber encontrado una variedad más
amplia de huesos de aves, debido a la fragilidad de sus
huesos, considero que durante el periodo prehispánico
la caza de diversas aves silvestres sería común. Para re-
afirmar lo anterior, hoy en día los lugareños comen
pájaro carpintero (Picoides scalaris) además de las aves
mencionadas y algunas más no citadas aquí.
Orden de los anuros
— Ranas y sapos. Lo frágil de sus huesos impidió llegar
a una especificación mayor.
Familia Kinosternidae
— Tortugas de agua dulce. Sus huesos se concentraron
en la unidad habitacional donde vivían los sacerdo-
tes de El Piñón, además de un caparazón en Pocho-
titan.
Reptiles
— Iguanas: Ctenosaura sp. y Dipsosaurus dorsalis. Am-
bos tipos de iguana son comunes aún hoy en día y
muy codiciadas por su carne como alimento
— Orden Lacertilius: lagartijas. Reptil común en toda
la región.
— Familia de los colúbridos: serpientes. En la zona abun-
dan las serpientes venenosas y no venenosas; del pri-
mer tipo son la serpiente de cascabel (Crotalus ravus)
y la coralillo (Micrurus distans) y del segundo las hay
de diversas especies. En la actualidad, la cascabel se
utiliza como remedio para curar el cáncer, cociendo
y moliendo su carne y su piel.
A excepción de los felinos (lince y puma), las ranas,
los sapos y las serpientes venenosas, los animales recu-
perados fueron utilizados principalmente como alimen-
to, por lo que los habitantes de Bolaños mantuvieron
una dieta rica en proteínas.
REPRESENTACIONES DE ANIMALES
ELABORADAS EN BARRO
La colección de figurillas elaboradas en barro cocido
es pequeña y se compone principalmente de fragmen-
tos; provienen de varias unidades habitacionales de los
sitios de El Piñón y Pochotitan. Sobresalen las repre-
sentaciones de perros; sin embargo, hay varios tlacua-
ches, una tortuga, una cabeza posiblemente de lince,
varios patos, una cabeza de perico y probablemente un
sapo.
Lo interesante de esta colección es que la mayoría de
las figurillas son silbatos. ¿Por qué? Posiblemente por-
que el silbato reúne los cuatro elementos universales:
tierra en la arcilla empleada para su elaboración, agua
utilizada para amasar la arcilla, fuego al cocer la figurilla
y viento al soplarlo. Pero, ¿cuál es su significado? Los
cuatro elementos universales reúnen la composición de
la cosmovisión, de tal manera que con el sonido emiti-
do al soplar el silbato se estaría a salvo de las fuerzas
naturales y sobrenaturales existentes en el mundo hu-
mano.
Los silbatos con formas zoomorfas probablemente
señalan la relación existente entre el animal que con-
duce al muerto hacia su morada final y el sonido que
emiten al llamar a los dioses y seres sobrenaturales para
la protección del ser humano fallecido. En resumen, el
silbato protegería a los hombres de los fenómenos inex-
plicables e incontrolables de la naturaleza durante su
vida y, posteriormente, en su muerte durante el cami-
no hacia el más allá.
Las representaciones son muy estilizadas. Sobresalen
las orejas y tal vez el pico o la nariz del animal; muchas
carecen de ojos. Con estos atributos hacen dudar del
animal que se representó; sin embargo, la gran mayo-
ría muestra un agujero en la parte superior de la cabeza
cuya función sería la de soplar por él hasta lograr el
sonido deseado (figs. 1 y 2).
Otra característica es el tamaño tan pequeño de las
figurillas; por lo que se piensa que podría estar ligado
al estrato social de la persona muerta. La hipótesis pro-
puesta con anterioridad sobre quiénes se depositaban
en una tumba de tiro mantiene que los únicos que te-
_46-
Figura 1. Silbatos con formas estilizadas de animales.
A
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
Figura 2. Silbatos con formas estilizadas de animales.
48
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
nían derecho eran el gobernante y su linaje basándose
en el hallazgo de la única figurilla hueca y un silbato,
ambos, con la representación de un perro, provenien-
tes de una de las tumbas de tiro descubiertas. En el caso
de las tumbas de tiro localizadas en otras partes del oc-
cidente de México, a pesar del desconocimiento de las
acciones mortuorias debido al saqueo indiscriminado,
siempre están presentes figurillas huecas de perros, pa-
tos y otros tipos de animales.
Con base en lo anterior, propongo que las figurillas
de esta colección pertenecieron a personas de alto es-
trato sin derecho a ser depositadas en una tumba de
tiro, pero sí con derecho a tener el silbato con la repre-
sentación de un animal, preferentemente el perro, que
les ayudara a llegar a su destino final y, a su vez, les pro-
tegiera de los malos espíritus y llamara a los dioses.
ANIMALES CONSIDERADOS DENTRO DE
LA COSMOVISION DE LOS PUEBLOS QUE
INTEGRARON LA CULTURA BOLANOS
La cosmovisión del mundo prehispánico abarcó una
multiplicidad de animales entre los cuales destacan el
jaguar como símbolo de poder, el cocodrilo represen-
tando al monstruo de la tierra, los insectos venenosos
del inframundo, el perro guía del hombre hacia el lu-
gar donde morará después de su muerte (Arqueología
Mexicana 1999).
«Los animales fueron símbolos asociados a los astros y
a las fuerzas naturales... son también símbolos de los gran-
des niveles cósmicos como las aves del cielo, la serpiente
y los insectos venenosos del inframundo... son también
mensajeros de los dioses como las aves con los dioses ce-
lestes... los animales desempeñan un papel central en las
religiones mesoamericanas...» (De la Garza 1999: 28).
«Además de las especies cuyo vestigio se conserva a tra-
vés de los huesos se tienen los insectos comestibles que no
dejaron huella: hormigas, gusano del maguey, chapulines,
gusano de nopal... todos ellos proporcionan una impor-
tante cantidad de proteínas y calorías...» (Ramos Elorduy
1999).
El párrafo anterior señala el aprovechamiento de al-
gunos insectos como fuente alimenticia; sin embargo,
habría que incluir la grana cochinilla (Dactylopius coc-
cus), muy utilizada como fuente para dar color rojo al
textil, la cerámica, murales y papel amate. Este insecto
vive en los nopales y fue muy utilizado por diversas cul-
turas prehispánicas, entre ellas la de Bolaños, donde
abundan los nopales.
COLECCIÓN DE FRAGMENTOS DE
FIGURILLAS RECUPERADAS EN
CONTEXTOS HABITACIONALES DURANTE
LA EXCAVACIÓN
— Perros (figs. 3 y 4).
— Lobo, coyote y xoloitzcuintle (fig. 5).
— Aves (fig. 6).
— Tlacuaches (fig. 7).
— Y posiblemente tigrillo o lince (fig. 8).
— Tortuga (fig. 9).
— Caracol (fig. 10).
Perro (Canis lupus familiaris)
Este animal se derivó del lobo gris mexicano. Diver-
sos autores lo clasifican como xoloitzcuintle. Sin embar-
go, los estudios de profesionales consideran que en el
occidente de México existió también la especie deno-
minada tlalchichi, parecida a la anterior pero de patas
cortas. Por desgracia las figurillas de esta colección se
limitan a la cabeza del animal, por lo que se desconoce
si se trató de representar una u otra especie o ambas de
las mencionadas.
Un segundo inconveniente que se presenta en esta
colección es que las representaciones son muy estiliza-
das, sobresalen las orejas y el hocico del animal aparece
muy aguzado y en ocasiones carecen de ojos. Única-
mente se tiene una cabeza ejecutada en barro muy pu-
lido donde se aprecia el hocico del animal aguzado, muy
parecido al del xoloitzcuintle.
Lo importante aquí es señalar que el perro fue consi-
derado en el mundo de la cosmovisión prehispánica
como sagrado y, en el mundano, como compañero del
hombre; lo anterior incluye todas las culturas mexica-
nas y en especial las del occidente de México, donde
hay todo tipo de representaciones hechas en cerámica
y en piedra asociadas generalmente a entierros huma-
nos.
En Pochotitan y El Piñón se descubrieron varios en-
tierros de perros sin asociación a humanos, pero situa-
dos en lugares estratégicos. Por ejemplo, en Pochotitan
los perros se enterraron en la parte externa del conjun-
to circular; en los demás sitios, dentro de las unidades
49
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
Figura 3. Representaciones de perros.
habitacionales, lo cual muestra su estatus dentro de la han muerto nadando encima de los perritos. También di-
cosmovisión de sus habitantes (Cabrero y García 2015). cen que el difunto que llegaba á la ribera del rio arriba di-
En El Piñón se identificaron huesos cocinados, lo que cho, luego miraba el perro, si conocía á su amo, luego se
sugiere que también servían como alimento. Este he- echaba nadando al rio ácia la otra parte donde estaba este,
cho no es nuevo en diversas culturas prehispánicas. En y le pasaba acuestas; por esta causa los naturales solían te-
el mundo náhuatl, el perro se ingería dentro de algu- ner y criar los perritos para este efecto; mas decían, que
nas ceremonias religiosas, ya que era ofrendado a los los perros de pelo blanco y negro, no podían nadar y pa-
dioses (De la Garza 1997, 1999). Sahagún describe el sar el rio, porque dizque decia el perro de pelo negro: “yo
empleo del perro dentro del rito funerario: me he manchado de color prieto, y por eso no puedo pa-
saros” y el perro de pelo blanco decia: “yo me labé” sola-
«Mictlantecuhtli, y despues de pasados cuatro años, el mente el perro de pelo vermejo podia pasar bien acuestas
difunto se salía y se iba á los nueve infiernos donde pasa- á los difuntos, y así en este lugar del infierno que se lla-
ba un rio muy ancho, y que allí en aquel lugar viven y an- maba Chicunamictla, se acababan y fenecían los difuntos»
dan perros en la ribera del rio, por donde pasan los que (Sahagún 1930: 265).
-50-
Figura 4. Silbatos con forma de perro.
En las tumbas de tiro selladas halladas en El Piñón
se descubrieron huesos de perro a un lado del persona-
je principal y representaciones en cerámica (figurilla
hueca) y piedra (hacha de piedra con la cara de un pe-
rro en la parte proximal); además, en cada unidad ha-
bitacional se recuperaron figurillas-silbatos con la re-
presentación de un perro; lo anterior señala que la
cultura Bolaños compartía la creencia del papel de este
animal en la cosmovisión mesoamericana.
Figura 5. Representación de lobo, coyote y xoloitzcuintle.
Como el perro, este animal también está ligado a la
religión mesoamericana. Su presencia en la cultura Bo-
laños sugiere que desempeñó un lugar sagrado dentro
de su ideología. En la unidad habitacional (5) ubicada
junto al templo de El Piñón —que por las evidencias
arqueológicas descubiertas en dicha unidad se conside-
ró como la residencia de los sacerdotes— se encontró
la cabeza de un fragmento de figurilla de barro que
muestra a un hombre que lleva sobre su cabeza una
máscara de tlacuache; con ello se justifica la función
que desempeñó la unidad habitacional, además del pa-
pel que ocupó este animal en la religión de la cultura
-51-
Figura 6. Representación de aves.
Bolaños. Cabe señalar que en otras unidades del mis-
mo sitio se recuperaron cabecitas de figurillas sólidas
con la representación de dicho animal.
El conocimiento del papel que desempeñó en la re-
ligión mesoamericana se remite a diversas versiones de
varios grupos indígenas que viven en la actualidad. A.
López Austin (1996, 1999) realizó un extenso estudio
sobre el tlacuache basándose en las representaciones
prehispánicas y en los mitos que aún persisten:
«El tlacuache es el protagonista del robo del fuego cuan-
do los humanos carecían de él. El pequeño marsupial se
trasladó al más allá, hasta el sitio en que un poderoso per-
sonaje, el dueño del fuego, disfrutaba de un beneficio que
no compartía con los seres del mundo. El tlacuache se
acercó con engaños a la fogata, tomó subrepticiamente
una brasa y huyó con el producto de su robo. El dueño
del fuego lo persiguió pero el héroe pudo llegar a la su-
perficie de la tierra y entregó el fuego a los mortales...» (Ló-
pez Austin 1996: 267-268; 1999: 52)
Este animal simboliza la dualidad de la vida terrestre
y la vida acuática (De la Fuente 1994: 68) al tener ca-
pacidad de vivir en ambos ámbitos. En las tumbas de
tiro de todo el occidente de México es frecuente su
presencia. Las representaciones fueron elaboradas en
cerámica; las hay en diversas posturas y tal vez repre-
senten varias especies, ya que presentan características
físicas distintas.
542
Figura 7. Representaciones de tlacuache.
En el sitio de Pochotitan se descubrió un entierro
humano, localizado a un lado del muro circundante al
conjunto circular, acompañado por un pato (Anas pla-
tyrhynchos) en posición tendida. Esta ofrenda representa
un rasgo único tanto en la cultura Bolaños como en el
Figura 8. Representación de felino.
resto de Mesoamérica, incluyendo el occidente de Méxi-
co. Lo anterior supone que para el individuo enterrado
fue muy importante este animal como parte de sus ac-
tividades cotidianas, además del papel que representa-
ría al propiciar la comunicación con los dioses celestes,
las fuerzas naturales y los niveles cósmicos de acuerdo
con las interpretaciones de De la Garza (1999) sobre la
religión mesoamericana. En las unidades habitaciona-
les de El Piñón aparecieron figurillas de barro, con re-
presentación de los diversos animales mencionados,
asociadas a entierros; si consideramos que la cultura
Bolaños compartió la cosmovisión mesoamericana, se
Tabla 1. Distribución de las figurillas en El Piñón y Pochotitan.
El Piñón
Pochotitan
estructura
zoomorfas
estructura
perros
3
3
2
2
5
1
tortuga
7
tigrillo
10
3
4
6
6
6
1
14
15
18
19
Figura 9. Representación de tortuga.
Figura 10. Silbato con forma de caracol (izquierda) e instrumento musical (omichicahuaztli).
db
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
comprende su presencia en un entierro humano depo-
sitado a manera de ofrenda.
En el cuadro anterior (tabla 1) se reproduce la distri-
bución de las figurillas en ambos sitios. En El Piñón
sobresale la estructura 7, donde aparece la mayor can-
tidad de figurillas, pero habrá que considerar que di-
cha estructura agrupa una de las terrazas con varias uni-
dades habitacionales. La estructura 10, que representa
una sola unidad habitacional, contiene únicamente aves,
lo cual sugiere estar relacionada con actividades de pes-
ca y caza. En Pochotitan sobresalen las unidades habi-
tacionales 3 y 4; en la primera apareció la única repre-
sentación de una tortuga, lo cual se comprende por estar
sobre la margen del río, y en la segunda se halló lo que
pudiera ser una representación del tigrillo o lince mexi-
cano que hasta la fecha existe en la región.
EMPLEO DE LOS ANIMALES EN
DIVERSAS ACTIVIDADES
— La principal sería como fuente alimenticia, con una
fuerte aportación de proteínas.
— Curtido de piel de venado, principalmente emplea-
do en la elaboración de vestidos, para forrar escudos
y como fuente alimenticia.
— Dientes y colmillos de pécari y puma o tigrillo para
elaborar ornamentos a manera de collares y colgan-
tes.
— Punzones y leznas, elaboradas con huesos largos del
venado, para la producción de vestidos y diversos ob-
jetos hechos en piedra, obsidiana y madera.
— Caparazones de tortugas y armadillos utilizables como
recipientes.
— Instrumentos musicales: hechos con huesos largos de
venado funcionando como «giiiros»; o bien utilizan-
do un raspador de hueso de venado o humano con
muescas para producir sonidos, llamado omichica-
huaztli entre los mexicas (fig. 10).
CONCLUSIONES
Con el análisis de los restos óseos de animales pre-
sentes en la cultura Bolaños se comprueba el aprove-
chamiento de los mismos en la vida cotidiana como
fuente de proteínas, en la elaboración de vestimentas,
adornos corporales e implementos de diversa índole.
Se logró comprobar la existencia de su asociación con
la cosmovisión mesoamericana, por lo que se está en
posición de proponer que el occidente de México nunca
se mantuvo aislado de Mesoamérica.
La sociedad que desarrolló la cultura Bolaños, así
como la tradición de tumbas de tiro en el occidente de
México, compartieron la cosmovisión y la religión
mesoamericanas, reconociéndose la presencia de varian-
tes regionales. La prueba radica en la presencia del pe-
rro, el tlacuache y el pato dentro de contextos mortuo-
rios.
Una segunda prueba llega al considerar a los mismos
animales dentro de sus creencias religiosas y, por lo tan-
to, se descarta la hipótesis de que esta área de cultura se
mantuvo aislada de Mesoamérica hasta la entrada de
rasgos teotihuacanos tales como el talud y el tablero,
presentes en el sitio del Ixtépete, o el hallazgo de figu-
rillas de estilo Mazapa, cuyo origen está en el centro de
México dentro del periodo llamado Clásico Tardío (600
a 900 d. C.).
Los fragmentos de silbatos recuperados en las uni-
dades habitacionales de El Piñón y Pochotitan demos-
traron la creencia generalizada de que estos animales
fueron empleados en los rituales preparatorios para fa-
cilitar al muerto el tránsito hacia su morada final.
Finalmente, cabe señalar que las hipótesis aquí ver-
tidas, así como el empleo de silbatos con representa-
ciones de ciertos animales asociados a entierros huma-
nos, no se han tratado con anterioridad.
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EL BINOMIO METATE/METLAPIL EN EL CÓDICE
VINDOBONENSTIS: ESTUDIO DE CASO
The Metate/Metlapil Binomial in the
Vindobonensis Codex: A Case Study
José R. Rodríguez-Yc
Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México '
(¡rodriguezycOgmail.com)
RESUMEN. Este trabajo es un avance de investigación de un proyecto mayor sobre el tema de la molienda en las
fuentes históricas, especificamente en los códices. Aquí se analiza la imagen del binomio metate/metlapil, la masa de
maíz y un símbolo policromo atado que aparece en la página 15 del Códice Vindobonensis. A partir de la masa de
maíz se elaboraban múltiples productos, varios de ellos eran alimento de deidades en el pasado, aunque aún se consu-
men y se ofrendan en el presente.
PALABRAS CLAVE. Piedra de molienda; alimentación; ritual; fuentes históricas; Códice Vindobonensis.
ABSTRACT. This work is a research advance of a major project on the subject of grinding in the historical sources,
specifically in the codices. It analyzes the image of the metate/metlapil binomial, the corn dough and a tied polychrome
symbol that appears on page 15 of the Vindobonensis Codex. Multiple products were elaborated from the corn dough,
several of them were food for deities in the past, although they are still consumed and offered in the present.
KEYWORDS. Grinding stone; feeding; ritual; historical sources; Vindobonensis Codex.
INTRODUCCIÓN
El tema de este artículo es el análisis de una imagen
del binomio metate/metlapil? que se encuentra en la
página 15 del Códice Vindobonensis. Esta es una inves-
tigación que forma parte del proyecto La molienda pre-
hispánica en Mesoamérica. Una revisión a través de las
fuentes etnohistóricas; en él se aborda la evidencia ico-
nográfica de estos implementos plasmada tanto en có-
dices prehispánicos como novohispanos.
Las piedras de molienda en esta parte del mundo tie-
nen nombre propio. Actualmente se conoce como me-
tate a la parte pasiva, que soporta el producto a moler,
y metlapil (o mano de metate) a la parte activa, que es
en realidad la que muele el producto, conformando de
esta manera una herramienta integrada por dos elemen-
tos. El estudio que aquí presento se basa en el Códice
Vindobonensis, que proviene de la región de la Mixte-
ca.? En la variante del idioma mixteco de Yosondúa
(Oaxaca) a estas piedras se las denomina yoso/ndayoso,
pero esto cambia en otras localidades (Beaty 2012), pues
cada pueblo que las manufacturó —temporal y espa-
cialmente— las designó con un nombre en su propia
lengua. En consecuencia, utilizaré los términos metate
y metlapil puesto que son más conocidos entre los es-
pecialistas y en la bibliografía especializada.
En los asentamientos arqueológicos de México se
localizan de manera reiterada evidencias de estas herra-
mientas. A partir del hallazgo se infieren actividades
socioeconómicas o de alimentación. Aquí se considera
que estos artefactos son una poderosa fuente de infor-
mación que puede ser abstraída desde diferentes cam-
Recibido: 17-8-2018. Aceptado: 27-8-2018. Publicado: 4-9-2018.
Edited Published by Pascual Izquierdo-Egea. Endorsed by E. D. Camarena Ortiz € M. R. Carrasco Domínguez.
Arqueol. Iberoam. Open Access Journal. License CC BY 3.0 ES. http://laiesken.net/arqueologia/archivo/2018/3906.
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
Fig. 1. Contexto del metate/metlapil. Fuente: Códice Vindobonensis, pág. 15 (fragmento).
-58-
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
pos del conocimiento, por ejemplo desde la arqueolo-
gía (Clark 1988; Hayden 1987), la arqueobotánica (Pi-
perno y Holst 1998), la traceología (Calvo 2007), la
tribología* (Delgado 2008), la arqueología experimen-
tal (Risch 1995), la etnografía (Rodríguez-Yc 2013) y
las fuentes históricas, como en el caso que se presenta.
Los estudios en torno al metate/metlapil son escasos
en comparación con otros materiales arqueológicos,
pues al ser instrumentos comunes o domésticos no han
llamado la atención frente a objetos de uso suntuario.
La forma actual de estas herramientas es producto de
un desarrollo tecnológico en Mesoamérica, por lo que
se considera necesario presentar un breve panorama de
su evolución con base en varios autores.
Las primeras piedras de molienda utilizadas por los
antiguos mesoamericanos fueron cantos rodados, selec-
cionados por su forma en las márgenes de los ríos (Mac-
Neish ez al. 1967; Lorenzo 1965). Un primer paso en
la manufactura fue la intervención de una cara, adap-
tándola para un mejor machacado o triturado tanto de
vegetales como de minerales. En el periodo Preclásico
o Formativo (2000 a. C.-1 d. C.) de la secuencia tem-
poral de Mesoamérica, hay un predominio de metates
ápodos, es decir, sin soporte; y, por sus dimensiones,
fueron utilizados para moler maíz (MacNeish ez al.
1967; Flannery 1986; Clark 1988).
Sin embargo, el concepto de soporte o patas ya era
conocido entre los pueblos del Altiplano de México.
Existen ejemplos de metates con uno, dos, tres y cua-
tro soportes; aunque la superficie de molienda no mues-
tra una pendiente o apenas es incipiente (Serra 1988;
Tolstoy 1971). Los metates ápodos están relacionados
directamente con el suelo (Clark 1988; Rodríguez-Yc
2003). Para el periodo Clásico (1-900 d. C.) se han do-
cumentado metates trípodes como ocurre en Teotihua-
can, pero es difícil determinar si son parecidos a los
actuales dado que el estudio realizado solo presenta frag-
l Este artículo es producto de una investigación posdoctoral
otorgada por la Dirección General de Asuntos del Personal Aca-
démico (DGAPA) que se desarrolla en la Facultad de Filosofía y
Letras, Universidad Nacional Autónoma de México.
2 Piedras de molienda. Así se denominan en el español de
México. El nombre es de origen náhuatl (Rodríguez-Yc 2018).
3 Esta región abarca parte del sur del estado de Puebla, una
parte del oriente del estado de Guerrero y la parte de occidente
del estado de Oaxaca. En Oaxaca se divide en Mixteca Alta, Mix-
teca Baja y Mixteca de la Costa. De acuerdo con el Instituto Na-
cional de Lenguas Indígenas (INALI 2010), el mixteco es una
agrupación lingivística de 81 lenguas.
Ciencia que aborda el rozamiento o frotamiento de cuerpos
sólidos.
mentos (Castañeda 1976). Probablemente fue en el pe-
riodo Posclásico (900-1521 d. C.) cuando se consoli-
dó el modelo trípode entre los pueblos de Mesoaméri-
ca y más allá de sus fronteras, aunque la forma en que
se distribuyó y se expandió esta herramienta aún no ha
sido investigada.
Sin embargo, se sabe que para este periodo, en la fron-
tera noroccidental de Mesoamérica, se utilizaban me-
tates ápodos para la molienda del maíz (Galván 1991).
Asimismo, el uso de estos artefactos en la época colo-
nial es un tema que aún no ha sido abordado por com-
pleto, ya que no existe un estudio especializado que
saque a la luz el desempeño de estos instrumentos y el
papel que tuvieron a lo largo de dicho periodo, a pesar
de que conquistadores y frailes mencionan en sus cró-
nicas breves referencias sobre ellos.
Así, el propósito de este artículo es analizar las repre-
sentaciones pictóricas del metate/metlapil en el Códice
Vindobonensis que, por el hecho de plasmarse en un
texto sagrado, necesariamente adquieren un valor sim-
bólico. Para ello, me basaré en tres análisis: a) uno ar-
queológico, donde se hace uso del procedimiento de
clasificación de Clark (1988); b) otro iconográfico, apo-
yado en Panofsky (2015), para el estudio del conteni-
do o significado de una obra de arte; y c) un tercero de
carácter interpretativo, con fundamentos en Jansen
(1982) y Beuchot (2009).
EL METATE/METLAPIL EN EL CÓDICE
VINDOBONENSIS
El Códice Viena, conocido también como Códice Vin-
dobonensis, al cual Jansen y Pérez (2008: 88) denomi-
nan recientemente Códice Yuta Tnoho por referencia al
nombre mixteco del pueblo de Apoala (Oaxaca), es un
«... Códice, hecho de piel curtida de animal, mide en su
totalidad 13.50 m, doblado tiene 52 hojas. Cada una
de ellas mide alrededor de 22 por 26 cm. Conserva las
cubiertas originales de madera» (Gutiérrez 1988: 96).
Es una obra que contiene dos historias, en el reverso, a
decir de Hermann (2005: 4) es una «... relación sucin-
ta sobre la genealogía de Tilantongo desde el siglo X al
XIV. Sección elaborada hacia el siglo XVI» y el anverso
es el relato de la concepción del mundo según los mix-
tecos.
En este códice existen solo dos imágenes del bino-
mio metate/metlapil: una en la página 22 y otra en la
15. Nuestra atención se centra sobre esta última, la cual
se haya en el contexto de la sexta ceremonia del Fuego
-59-—
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
Nuevo, de acuerdo con Anders et al. (1992: 164) (fig.
0
ANÁLISIS ARQUEOLÓGICO
Metate/metlapil
En el marco de clasificación propuesto por Clark
(1988: 95), el artefacto ilustrado en la página 15 del
manuscrito corresponde al Grupo E el cual tiene como
característica una superficie de molienda recta y abier-
ta (fig. 2). Así, permite utilizar un metlapil a dos ma-
nos, con un movimiento de vaivén de delante hacia
atrás, sin rebasar los lados del artefacto. El metlapil se
utiliza por ambas caras, contando de esta manera con
dos facetas de trabajo. La cara ventral del metate fue
modificada con tres soportes (por encontrarse de per-
fil, solo se aprecian dos). Este ejemplar es de los deno-
minados metates trípodes.? El soporte mayor se encuen-
tra en el extremo proximal (a la izquierda de la imagen,
donde se ubica la molendera), el cual crea una pendiente
para un mejor desempeño al moler. Los soportes res-
tantes —de menores dimensiones— se localizan en el
extremo distal (a la derecha de la imagen) y permiten
el desplazamiento de lo molido. El metate visto en plan-
ta es de forma rectangular y el metlapil, lenticular.
La imagen del artefacto pétreo plasmado en el códi-
ce es semejante a la de los que aún se siguen usando en
Oaxaca.” Gracias a que este códice se ha conservado,
podemos hablar de una edad cronológica para este mo-
delo trípode,” que correspondería al periodo Posclási-
co (900-1521 d. C.).* En consecuencia, hay una rela-
? Tanto temporal como espacialmente, en el territorio meso-
americano han existido metates con o sin soportes, aunque no
está claro el origen del metate trípode tal como se conoce en la
actualidad.
6 Una parte de los metates modernos tiene unos diseños pinta-
dos basados en hojas y flores de diversos colores. En Rodríguez-Yc
(2013: 277) se observa el empleo de un metate con las caracterís-
ticas mencionadas arriba en la molienda de la grana cochinilla
(Dactylopius coccus, antes Coccus cacti L.) en el poblado de Teotitlán
del Valle, Oaxaca. Esta forma de decorar es practicada por artesa-
nos que comercializan sus metates en el mercado de Tlacolula,
Oaxaca.
7 En Rodríguez-Yc (2013) encontramos un predominio del
metate trípode en la actual geografía de México. Como es posible
observar en la tesis, si bien son trípodes, esto no quiere decir que
sean iguales. Cada región ha impuesto una característica particular
al momento de manufacturarlos. Así, un metate de Michoacán
tiene marcadas diferencias respecto a uno de Oaxaca o de Tlaxcala.
8 Jansen (1982) lo sitúa entre los siglos XII y XVI.
Fig. 2. Binomio yoso/ndayoso. Fuente:
Códice Vindobonensis (pág. 15).
ción morfológica entre el artefacto pintado en el ma-
nuscrito y los metates que se continúan usando hoy en
día en la geografía oaxaqueña. Así, estamos hablando
de una herramienta que tiene una larga secuencia de
uso.
Masa
En diversos soportes materiales existen representa-
ciones de la planta del maíz, la mazorca, los granos, etc.;
pero de la masa son contados los ejemplos.? La imagen
en cuestión es uno de ellos. Anders et al. (1992: 165)
aseguran que en la imagen se tiene masa y es extraordi-
nariamente notable debido a los pequeños círculos de
colores que posee. Aquí cabrían varios cuestionamien-
tos, por ejemplo: ¿quién realizó la molienda, un huma-
no, una divinidad? ¿Con qué intención transformó los
granos? ¿Qué pretendía elaborar, solo la masa, atole o
tamales? Como se puede observar, tiene una textura só-
lida, aunque no del todo compacta que permite des-
bordarse por el extremo distal.
Desde épocas tempranas, los pueblos mesoamerica-
nos tuvieron deidades en torno a la planta del maíz,
dado que era el alimento cotidiano. A la par, ofrenda-
ban productos del maíz para agradarlos, por lo que cabe
preguntarse si esta imagen sería el caso; dado que no
hay otros elementos como un fogón o un comal que
? En Sahagún (1989) podemos ver varios pasajes del uso que
daban a la masa pero, por estar tratando un tema de la cultura
mixteca, prefiero obviar esta información.
- 60 —
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
nos den una idea de que se va a cocinar algo. En térmi-
nos arqueológicos, existe una figurilla de una molen-
dera que tiene en brazos a un infante y, sobre sus mus-
los, un metate en cuya superficie de molienda, en la
parte superior, hay granos de maíz, en medio, el metla-
pil y, en la parte inferior, la masa ya transformada;'* pero
en la imagen en cuestión está ausente el personaje que
efectuó la molienda.
Signo
Sobre el metlapil o mano del metate se encuentra un
signo. Destaca por los colores que ostenta: rojo, café,
naranja (ocre) y azul; más el blanco en la parte interna
y delineado en negro. Caso (1996: 38) lo interpreta en
un primer momento como un símbolo de mes por
analogía con una lápida que se encuentra inserta en el
convento de Cuilapan, Oaxaca. Comenta que «... in-
dudablemente significa un atado de algo que podría ser
un atado de días, es decir, un mes o un atado de años si
fuera un siglo». Más adelante, reconoce la dificultad del
signo: «... no he podido saber qué es lo que significa,
además de su sentido general: “objeto amarrado” y quizá
“ofrenda”» (ibíd.). Esta preocupación la manifiesta en
las láminas XXIV y XXV del libro Reyes y reinos de la
Mixteca al escribir la palabra ofrenda entre signos de
interrogación. Este honesto acto de desconocimiento
que realizó Caso ha dado pie a que este signo policro-
mo atado sea interpretado, sin más, como ofrenda. Por
ejemplo, Anders et al. (1992: 35) dicen que «una volu-
ta significa «habla», una combinación de cuatro volu-
tas, «ofrenda». Y, en las lecturas que hacen del anverso
del Códice Vindobonensis, donde aparece el signo es ma-
nejado también como ofrenda. Jansen y Pérez (2008:
103), en otro lugar, vuelven a retomarlo y mencionan
que «el signo de cuatro volutas, en los cuatro colores
direccionales y amarradas juntas, probablemente signi-
fica “el hablar a las cuatro direcciones”, es decir, el rezo
que suele iniciar cada ceremonia religiosa». En opinión
de Hermann (comunicación personal), «son volutas ata-
das y relacionadas a un discurso a los cuatro rumbos
[...] Quizá se relacione aquí a la creación del maíz o al
origen del sustento del hombre. Pues es masa molida
en metate». Del mismo modo, en comunicación per-
sonal, Ojeda Díaz comenta: «... pienso [que] pueda tra-
10 La figurilla pertenece al Museo de las Culturas de Occiden-
te «María Ahumada de Gómez», en la ciudad de Colima.
ll Según nuestra experiencia, después de haber analizado las
colecciones líticas del Museo Nacional de Antropología (MNA),
no existe un metlapil así o aún no se ha encontrado.
Fig. 3 Metate/metlapil. Fuente: Códice
Vindobonensis (pág. 15).
tarse del nudo del tiempo para señalar que se abren o
cierran ciclos o cuando deben realizarse ofrendas».
Ahora bien, este símbolo aparece sesenta y una veces a
lo largo del Códice Vindobonensis en diferentes páginas
y sobre todo en diversos contextos; también fue pinta-
do en el Códice Alfonso Caso en nueve ocasiones (siete
en el Colombino y dos en el Becker 1), dos veces en el
Códice Nuttall y en el Códice Selden, y solo en una oca-
sión fue plasmado en el Códice Bodley. De esta manera,
podemos darnos cuenta de lo difícil que resulta este sig-
no y las múltiples interpretaciones que puede generar,
así como de la relación que se ha producido con el me-
tate/metlapil y la masa.
ANÁLISIS ICONOGRÁFICO
Metate/metlapil
El binomio fue pintado en azul (fig. 3) con un trazo
de líneas uniformes y definidas. El metlapil (hábilmente
representado de manera lenticular por el maestro pin-
tor para ser apreciado en toda su dimensión y ser visto
como el complemento)'' se ubica en el extremo proxi-
mal del metate y es detenido por un grueso cuerpo de
masa. Ambos instrumentos, al estar pintados en azul,
nos dicen que fueron elaborados con la misma roca.'?
12 Son pocos los ejemplos que existen como binomio. Por lo
general, el fragmento o metate completo siempre se encuentra en
los sitios sin el complemento. La posibilidad de hallarlos juntos
se da en un contexto funerario como ofrenda (Galván 1991: 166,
por mencionar un ejemplo).
blo
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
La observación de la manufactura de este artefacto
dual en tiempos modernos ha llevado a entender que
ambos se elaboran con el mismo tipo de piedra (Ro-
dríguez-Yc 2013: 109). Si bien por su esbelta forma el
metlapil tiene el mayor riesgo de romperse en cualquier
descuido, cuando eso sucede es sustituido por otro, aun-
que sea de otra formación pétrea.
Masa
Posee unos puntos de colores en azul, rojo y amari-
llo. El metlapil y el cuerpo de la masa siguen el declive
natural del artefacto, volcándose esta última hasta el sue-
lo. Todos los elementos de la imagen están delineados
en negro (fig. 4). Estos puntos de colores, como tales,
no aparecen en ningún otro objeto del códice, solo en
un personaje que Anders et al. (1992: 91) denominan
«Señor Incrustado que sabe palabras preciosas» y que,
de alguna manera, confirman el valor de la masa.
En el Códice Mendocino, f. 60r, hay una escena que
se ha utilizado en innumerables ocasiones cuando se
trata de ejemplificar el tema de la molienda. Ahí se en-
cuentra una persona adulta en pleno acto de transmitir
el conocimiento de la actividad y una menor moliendo
en el metate. Cada bola de masa se convertirá en una
tortilla; no obstante, en la imagen que nos ocupa no
aparece la molendera ni el proceso de la tortilla.
Signo policromo atado
Es una auténtica incógnita, porque no se sabe qué
representa. Es un diseño de cuatro volutas!? atadas por
la parte central y pintadas con un color distinto (fig.
5); aunque si comparamos este signo con otras repre-
sentaciones de volutas en el Códice Vindobonensis va-
mos a observar que hay marcadas diferencias. La
principal característica es la forma sinuosa en que es re-
presentada, acusando un movimiento ascendente ha-
cia el firmamento, el cual contrasta con la rigidez de
nuestro signo. De este modo, he identificado volutas
que pueden significar «habla», «humo», «sonido», etc.
El color es una parte fundamental del signo y no po-
demos sustraernos a tratarlo dada la policromía que pre-
senta, pero es conveniente aclarar que casi no existen
trabajos que traten el significado del color entre los
13 No estoy totalmente de acuerdo con que sean volutas, pero
en la bibliografía especializada optan por esta posibilidad. Por el
momento, nos sujetamos a ella. Así también, aunque no hay pre-
sencia de nudo alguno, se dice que están atadas por el elemento
central que los une o sujeta.
Fig. 4 Masa. Fuente: Códice Vindobonensis (pág. 15).
mixtecos para la época prehispánica. Los autores arriba
mencionados asocian los cuatro colores a los rumbos
del universo. Siguiendo esa hipótesis, Dehouve (2003:
74) expresa lo siguiente: «Parece que todos los pueblos
mesoamericanos compartieron el reconocimiento de
cinco colores simbólicos, pero cada cual con su propia
asociación entre un color y su asociación [...] Así, los
pueblos mesoamericanos reconocen cinco colores fun-
damentales, atribuyen cuatro de ellos a las cuatro di-
recciones del mundo, y la quinta, a veces, al centro».
Por su parte, López Austin (2012: 65) comenta que
«en el Altiplano Central, la división más frecuente daba
al norte el color negro, blanco al oeste, azul al sur y rojo
al este. El color verde estaba relacionado con el centro,
con el ombligo del mundo»; lo cual no concordaría con
los colores del signo, ni con las direcciones de los ma-
Fig. 5. Signo policromo atado. Fuente: Códice
Vindobonensis (pág. 15).
a
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yas, puesto que Thompson (1990: 308) encuentra la
siguiente distribución: «El rojo es el color del Este, el
blanco el del Norte, el negro el del Oeste y el amarillo
el del Sur; un quinto color, el verde, puede haber co-
rrespondido al centro». Lo que sí hay que señalar es el
manejo del color con un significado específico respec-
to de los rumbos del universo, que cada pueblo aportó
de acuerdo con su cosmovisión. En ese sentido, los co-
lores, «... como símbolos se hallan involucrados en un
mundo de otros símbolos, se asocian o se oponen a los
otros colores, es decir, entran en el juego de correspon-
dencias y oposiciones que hacen tan complejo el pen-
samiento simbólico» (Dehouve 2003: 64).
UNA MIRADA A LA INTERPRETACIÓN
El artefacto
El protagonismo del metate/metlapil en la cocina
mesoamericana era indispensable, dado que fue usado
—-<£n primera instancia— para transformar los granos
de maíz nixtamalizado y obtener la preciada masa; pero
eso era tan solo una posibilidad. Hoy en día, gracias a
la observación directa de molenderas en diferentes pun-
tos de la geografía mexicana, podemos darnos cuenta
del multiuso que desempeñaron en el pasado. En Ro-
dríguez-Yc (2013) se puede observar la molienda de
diferentes productos, como el añil, la grana cochinilla,
el cacao, el achiote y el chicharrón, además del maíz.
En consecuencia, era la herramienta que molía casi todo:
Sahagún (1989) nos dice que estos artefactos eran uti-
lizados en otros ámbitos como la minería o en talleres
de cerámica como sugiere Piña Chan (1953). A través
de los protocolos de análisis de la arqueobotánica,'* ya
es posible acercarnos al conocimiento de algunos pro-
ductos que fueron molidos en el pasado (Piperno y
Holst 1998). Estos artefactos forman parte de la cultu-
ra material que se encuentra en los asentamientos ar-
queológicos; aunque suelen hallarse por separado, es en
contextos funerarios cuando se localiza el par. De for-
ma general, son considerados como indicadores de ac-
tividades socioeconómicas.
Pocos son los testimonios o narraciones que abor-
dan la génesis o que hablen del origen de esta herra-
mienta; sin embargo, Bruce (1974) rescata un mito de
la tradición oral entre los lacandones, indígenas de
Chiapas (México), sobre la construcción de estos arte-
14 Por ejemplo, fitolitos y almidones.
factos: «Primero, Hachákyum había sacado una piedra
del agua. Sacó la piedra e hizo el metate. Hizo la mano
del metate, para que moliera su Señora. A ella le dijo
“Prueba para que veamos cómo mueles con el meta-
te”». De esta manera, notamos como el dios (entidad
masculina), en tanto que esposo, manufactura el meta-
te y la diosa (entidad femenina), en su papel de esposa,
muele en él, estableciendo actividades exclusivas para
cada género.
Otro ejemplo es el que se relata en el Popol Vuh
(1986), texto maya quiché. Hunahpú e Ixbalanqué (hi-
jos de Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú) sentencian
a los habitantes de Xibalbá por haber dado muerte a
sus padres a «solamente os ocuparéis de hacer cacha-
rros, apastes y piedras de moler maíz» (pág. 100). Hay
otro pasaje en este libro donde la piedra de moler tiene
una participación importante, pues los adivinos Xulú
y Pacam les dicen a Hunahpú e Ixbalanqué que «... con-
viene moler sus huesos en la piedra, como se muele la
harina de maíz; que cada uno sea molido [por separa-
do]...» (pág. 93). También hay una participación acti-
va de estos artefactos de molienda en el proceso de
destruir a los hombres de madera por no haber tenido
entendimiento para alabar a sus creadores: «Éramos
atormentadas por vosotros; cada día, cada día, de no-
che, al amanecer, todo el tiempo hacían holi, holi huqui,
huqui'? nuestras caras, a causa de vosotros. Pero ahora
que habéis dejado de ser hombres probaréis nuestras
fuerzas. Moleremos y reduciremos a polvo vuestras car-
nes, les dijeron sus piedras de moler» (Popol Vuh: 31).
Gracias a estos testimonios podemos observar el uso que
los dioses hacían de estos artefactos en la construcción
y destrucción de la humanidad.
La masa
Como se ha mencionado con anterioridad, Anders
et al. (1992) aseguran que en la imagen se tiene masa,
pero ¿qué representa la masa de maíz para los mixtecos?
Hablar de este producto ya transformado es abordar
mitos, cosmovisión y creencias del mixteco en particu-
lar y del hombre mesoamericano en general. La masa
representada es notable debido a los pequeños círculos
de colores que posee. Cabe preguntarse si ello no co-
necta de alguna manera con granos multicolores de al-
gunas mazorcas. En un mito cho! recopilado por Mo-
rales (1984: 96) encontramos una explicación de por
15 Onomatopeya del movimiento del metlapil sobre el metate
al momento de moler.
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qué existen maíces de diversos colores: «... el rayo ver-
de es que cambió varios de sus colores al maíz: negro,
rojo, amarillo, blanco. Es como los alcanzó el rayo ver-
de, así como los fue quemando. Porque el rayo verde
los quemó pero no le quitó su vida al maíz, porque su
rayo verde Ch'ujtiat es su rayo de vida». Por su parte,
López comparte otra referencia observada en el presente
sobre la misma idea: «Merecen mención especial las ma-
zorcas multicolores, ya que en un sembradío de maíz
blanco aparecen de repente mazorcas con maíz de co-
lores azul, rojo, anaranjado, haciendo figuras capricho-
sas...» (López 2007: 243).
Por otro lado, el trabajo etnográfico llevado a cabo
por Katz (2006) en diferentes poblados de la Mixteca
muestra los diversos caminos que tiene la masa: torti-
llas, tamales, atoles, etc.; tal vez lo mismo pudo acon-
tecer en el pasado. Pero, volviendo a la imagen plasmada
en el códice, ¿de qué masa se estaría hablando? Solo sa-
bemos que fue molida y que se encuentra en un con-
texto de ceremonia religiosa.
El signo
Considero difícil saber su significado. A reserva de
un estudio en profundidad, lo cual requiere de un es-
pacio mayor, aquí se mencionarán varias dudas que
surgen a partir de la observación del códice: 1) la posi-
ción del signo no es fija, ya que se puede ubicar arriba,
debajo o dentro, como se puede ver en la página 15 del
Códice Vindobonensis —si bien la forma sigue siendo la
misma, se desconoce el porqué de la intención de ser
puesto de esta manera—; 2) puede acusar dos posicio-
nes: horizontal y vertical; 3) el color de las volutas es
constante pero no siempre ocupa el mismo lugar —la
parte central es amarilla, sin embargo, he hallado tres
pintados en rojo; 4) no es un tamaño estándar, ya que
se adecua al contexto en cuestión. En Anders et al.
(1992: 165) se pueden apreciar los signos asociados al
símbolo policromo atado: ritual para muertos, ofrenda
de un anillo, ofrenda de una cara [de Xipe], ofrenda de
masa hecha en metate, ofrenda de una cazuela, ofrenda
de una cuenta, ritual de juego de palos (ver fig. 1).
En ese sentido, encontramos en Camarena (2016:
341, apud Beuchot) que «los signos pintados tienen un
carácter simbólico, que de alguna manera están crea-
dos para economizar, pues nos remiten a un significado
mayor. Independientemente de la analogía de los dise-
ños con los seres vivos, con fenómenos del cosmos o
de la naturaleza, sabemos que estos signos son en reali-
dad símbolos de complejos significados, por lo que
nuestra interpretación siempre podrá estar sujeta a dis-
cusión». Así, considero que el signo policromo atado
está otorgando un valor relevante a cada elemento. Es
posible que sea una construcción lingiiística, de la cual
desconocemos el sentido literal, pero que apunta a una
oración que solo se entiende en el contexto en que está
plasmado. Probablemente, este segmento sea una se-
cuencia de oraciones, un pedimento a los dioses, una
especie de letanía similar a lo que acontece en diversos
discursos religiosos y no el significado de «ofrenda» que
le han asignado.
REFLEXIONES FINALES
Como se ha podido observar, se ha analizado desde
tres disciplinas del conocimiento la imagen del meta-
te/metlapil plasmado en la página 15 del Códice Vin-
dobonensis. Es conveniente subrayar el carácter simbó-
lico de las tres partes que entran en juego: el signo
policromo atado, un cuerpo de masa con puntos de
colores y un metate/metlapil pintado en azul. Por se-
parado, cada una tiene su propia carga simbólica y se
torna compleja en la medida en que todas integran una
unidad. A excepción de la primera, que aún no se sabe
qué es, las dos restantes, masa y metate, nos resultan
familiares, pero en cuanto a su contenido forman parte
de una intrincada red de mitos inmersos en la cosmo-
visión y las creencias mesoamericanas. Esto nos lleva a
preguntar: ¿qué «ser» primordial molió en el metate?
¿Con qué intención habrá realizado esa molienda? ¿Aca-
so estaba destinada a preparar algún alimento? ¿Cuál
fue la intención de plasmarla de esta manera?, puesto
que no estamos frente a una masa doméstica sino ante
una masa de orden sagrado y ritual.
Hoy en día, aún se sigue procediendo probablemen-
te como en el pasado; de los granos de maíz nixtamali-
zado y molido se obtiene una preciada masa. Con ella
se puede elaborar desde una simple tortilla hasta un
complejo guisado. A lo largo y ancho de México exis-
ten múltiples antojitos y algunos platillos cuya base es
la masa, concediendo un estatus de identidad al estado
o región que los prepara. Al mismo tiempo, se realizan
ceremonias de pedimento de lluvia, de una buena siem-
bra, de agradecimiento por una buena cosecha, así como
determinados rituales para ofrendar mazorcas, atoles,
tamales, guisados, etc., según sea la ocasión; y se conti-
núa rezando, pero bajo el canon de una nueva religión.
bb
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Agradecimientos
Agradezco a la Dirección General de Asuntos del Personal Académico (DGAPA) por la beca otorgada para la
realización de la estancia posdoctoral en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma
de México, así como al personal de la Coordinación de Investigación de esa facultad.
Sobre el autor
José R. RODRÍGUEZ-YC (jrodriguezycOgmail.com) es Normalista por el Centro Regional de Educación Normal (CREN)
de Bacalar (Quintana Roo), Arqueólogo por la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) y Doctor en
Historia Antigua por la Universidad de Barcelona (UB).
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-bé=
O ARQUEOLOGÍA IBEROAMERICANA 39 (2018): 67-70. ISSN 1989-4104. http://laiesken.net/arqueologia/.
UNA ECUACIÓN ESTADÍSTICA PARA MEDIR EL RIESGO DE
GUERRA EN LA MESOAMÉRICA PREHISPÁNICA
A Statistical Equation to Measure the War Risk
in Pre-Hispanic Mesoamerica
Pascual Ilzquierdo-Egea
Laboratorio de Arqueología Teórica, Graus, Spain
(arqueologiaClaiesken.net)
RESUMEN. Se presenta una ecuación estadística capaz de medir el riesgo de guerra o conflicto bélico en la Mesoamérica
prehispánica, la cual es plenamente aplicable a otras muchas civilizaciones antiguas a través de su registro funerario.
PALABRAS CLAVE. Ecuación estadística; riesgo; guerra; Mesoamérica; prehispánica.
ABSTRACT. This brief communication presents a statistical equation able to measure the war risk in pre-Hispanic
Mesoamerica that is fully applicable to many other ancient civilizations through their mortuary record.
KEYWORDS. Statistical equation; war; risk; pre-Hispanic; Mesoamerica.
INTRODUCCIÓN
Esta breve comunicación científica da a conocer otro
nuevo logro de la arqueología de los fenómenos sociales
(Izquierdo-Egea 2015a, 2015b, 2016a, 2016b, 2016c,
2017a, 2017b, 2018a, 2018b; Flores e Izquierdo-Egea
2018). Se trata de una técnica cuantitativa capaz de
medir el riesgo de guerra o conflicto bélico entre las
sociedades antiguas a través de su registro funerario. Ha
sido probada con éxito en numerosos casos, aunque
aquí, por limitaciones de espacio, solo se expondrán los
resultados provenientes de una serie temporal represen-
tativa de la Mesoamérica prehispánica.
LA ECUACIÓN DE LA GUERRA
Su concepción es muy reciente (finales de enero de
2018) y se basa en dos premisas esenciales: el riesgo de
guerra o conflicto bélico (¡G) es directamente propor-
cional a la variación temporal de la conflictividad so-
Figura 1. Mapa de Mesoamérica. Localización, de oeste a este, de
los sitios citados: 1) cuenca del río Balsas (México), 2) Monte
Albán (México), 3) Uaxactún (Guatemala) y 4) Barton Ramie
(Belice).
cial (¡C) e inversamente proporcional a la variación tem-
poral de los recursos disponibles (¡A). A pesar de su sim-
plicidad, esta ecuación es plenamente significativa en
todos los casos estudiados, correspondientes a una mul-
Recibido: 14-9-2018. Aceptado: 21-9-2018. Publicado: 28-9-2018.
Edited Published by Pascual Izquierdo-Egea. English proofreading by Rachel Egan. Arqueol. Iberoam.
Open Access Journal. License CC BY 3.0 ES. http://laiesken.net/arqueologia/archivo/2018/3907.
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
Tabla 1. Parámetros sociales de la serie cronológica prehispánica proveniente de la cuenca del río Balsas, México.
Periodo R D Cc P A iR [[») iC iP ¡A ¡G
Preclásico Medio 3,34 77,38 23,17 6 0,26
Preclásico Tardío 150,68 176,99 1,17 6 5,11 45,1138 2,2873 0,0507 1,0000 19,7237 0,00
Clásico Temprano 315,26 52,32 0,17 16 96,41 2,0922 0,2956 0,1413 2,6667 18,8740 0,01
Clásico Tardío 152,73 86,78 0,57 16 28,16 0,4845 1,6586 3,4237 1,0000 0,2921 11,72
Posclásico Temprano 179,13 95,74 0,53 39 72,197 1,1729 1,1032 0,9407 2,4375 2,5913 0,36
Posclásico Tardío 260,32 77,56 0,30 9 30,21 1,4532 0,8101 0,5574 0,2308 0,4140 1,35
R: riqueza relativa; D: desigualdad social; C: conflictividad social; P: población representada; A: nivel de recursos disponibles;
¡R: índice de riqueza relativa; iD: índice de desigualdad social; iC: índice de conflictividad social; iP: índice de
la población representada; ¡A: índice del nivel de recursos disponibles; iG: índice del riesgo de guerra.
titud de registros funerarios pertenecientes a socieda-
des antiguas de Europa, Asia y América:
14
¡G==>7 (1)
Esta expresión viene a significar que la situación más
favorable al estallido de la guerra se da cuando se cum-
plen dos condiciones: la conflictividad social alcanza
una elevada magnitud (1C > 1) y los recursos disponi-
bles disminuyen considerablemente (¡A < 1). Es decir,
si ¡C > ¡A entonces ¡G > 1. Tal como se verá seguida-
mente al abordar el caso estudiado, dicha circunstan-
cia se produce a lo largo del Clásico Tardío en la Meso-
américa prehispánica.
El índice de variación temporal de la conflictividad
(¡C,) se calcula dividiendo el valor que toma el pará-
metro en un momento dado (C,) por el valor del mo-
mento precedente (C__.):
C,
(2)
C
i=1
¡C,=
Por su parte, el índice de variación temporal de los
recursos disponibles (1A) se estima dividiendo el nivel
de recursos disponibles en un periodo dado (A) por el
del periodo anterior (A,_):
A,
¡A = — (5)
: Y
Tal como ocurre con el índice ¡K que mide el riesgo
de colapso (Izquierdo-Egea 2018b), hay numerosas ex-
presiones estadísticas derivadas de la primera ecuación
elemental de la guerra (1), aunque tendrán que ver la
luz en otra publicación.
El riesgo de guerra emerge cuando se supera clara-
mente el umbral o punto crítico (¡G > 1). Obviamen-
te, si ¡G = 00, el riesgo de conflicto bélico desaparece
por completo. Finalmente, cuando iG = 1, tenemos un
estado estacionario o de equilibrio cuya estabilidad se
puede romper en cualquier momento dada la natura-
leza reversible del proceso y, en consecuencia, no aleja
el peligro de la guerra.'
MIDIENDO EL RIESGO DE GUERRA EN LA
MESOAMERICA PREHISPANICA A TRAVES
DEL REGISTRO FUNERARIO
La tabla 1 muestra los resultados obtenidos para la
serie temporal inferida a partir del registro funerario de
la cuenca del río Balsas, México (Maldonado 1980),
parte de los cuales fueron avanzados en estudios ante-
riores (Izquierdo-Egea 2014, 2016a, 2018a, 2018b).
Son extrapolables a las civilizaciones mesoamericanas
prehispánicas por su coincidencia con las tendencias ob-
servadas en otras series más cortas (fig. 1), como las de
los mayas de Uaxactún (Guatemala) y Barton Ramie
' El análisis cuantitativo de la guerra en las sociedades anti-
guas fue abordado por otros investigadores (v. g. Flores y Bologna
2013; Flores 2017) a partir de enfoques teóricos y perspectivas
metodológicas diferentes de la pionera aportación empírica aquí
presentada. Se trata, sin duda, de un campo abonado para la con-
fluencia de fructíferas colaboraciones multidisciplinares (v. g.
Flores e Izquierdo-Egea 2018). En todo caso, nada tiene que ver
con los estudios actuales al uso (v. g. Caldara e lacoviello 2018).
—68-
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1000- y
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010- 7 BALSAS
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0010 + GR
— ¡K
Figura 2. Representación gráfica de la evolución temporal del índice de riqueza relativa (¡R) comparado con el índice de riesgo de
guerra (1G) y el índice de riesgo de colapso (¡K) en la Mesoamérica prehispánica de la cuenca del río Balsas, México. Se emplea una
escala logarítmica en base 10 en el eje de ordenadas para visualizar mejor la tendencia de ¡R, ¡G e iK. PRETAR: Preclásico Tardío (c.
400 a. C.-150/200 d. C.); CLATEM: Clásico Temprano (c. 150/200-650 d. C.); CLATAR: Clásico Tardío (c. 650-900 d. C.);
POSTEM: Posclásico Temprano (c. 900-1200 d. C.); POSTAR: Posclásico Tardío (c. 1200-1520 d. C.).
(Belice) o la de Monte Albán (Oaxaca, México), sobre
todo durante el periodo clave del Clásico Tardío, a lo
largo del cual toda la región sufre un lento pero inexo-
rable ocaso.
Comparando los datos del índice de conflicto bélico
(1G) con los del índice de colapso (¡K), no sorprende
que un elevado riesgo de colapso (¡K =7.07; cf. Izquier-
do-Egea 2018b) coincida con un alto riesgo de guerra
(1G = 11.72) durante el Clásico Tardío (c. 650-900 d.
C.). La figura 2, donde se representa la evolución tem-
poral del índice de riqueza relativa o actividad econó-
mica (¡R) en función de los dos parámetros anteriores,
permite visualizar de forma gráfica este fenómeno, ilus-
trando perfectamente su relación directa con la crisis
de la economía mesoamericana en ese momento.
No menos interesante es la situación que se da en el
Posclásico Tardío (c. 1200-1520 d. C.), donde sorpren-
de queiG > 1 cuando ¡K < 1 a pesar de la prosperidad
económica registrada en ese tiempo, realzada por el des-
censo de la desigualdad social y la conflictividad. Sin
duda alguna, esto induce a pensar que esta, en aparien-
cia, anómala situación pueder estar relacionada con la
caída de los recursos disponibles. De hecho, su menor
disponibilidad implicaría una mayor posibilidad de dis-
putar el acceso a los mismos mediante el conflicto bé-
lico. Lo cual quiere decir que la guerra no pone en ries-
go el sistema sino que forma parte de él. Ahora es un
mecanismo integrado en las sociedades de este tiempo
que no provoca el colapso de las civilizaciones, sino que
sirve como medio de captación de recursos cuando es-
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ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
tos escasean. En otras palabras, la guerra se convierte
en un instrumento habitual para captar recursos; algo
que ya se apuntó en otros estudios más amplios al ha-
blar del Clásico Terminal (cf. Izquierdo-Egea 2014,
2015b). Es entonces cuando conquistar, destruir y ex-
terminar al enemigo, capturando sus recursos, se con-
vierte en la razón de ser de la guerra. Sin embargo, esa
transformación de la naturaleza del conflicto bélico
perdura en el tiempo y se hace patente a lo largo del
Posclásico Tardío. En la figura 1 se aprecia claramente
lo dicho. Obsérvese, en el extremo final de las curvas
gráficas correspondientes al Posclásico Tardío (colorea-
das en azul), cómo crece el riesgo de conflicto bélico
(1G) mientras disminuye el de colapso (1K).
CONCLUSIONES
1. El índice ¡G mide el riesgo de guerra o conflicto
bélico en función de la variación temporal de la con-
flictividad social (1C) y los recursos disponibles (14).
2. Esta técnica estadística ha demostrado su utilidad
al ser capaz de aislar los momentos en que se dieron las
condiciones necesarias para el estallido de un conflicto
bélico en el seno de las sociedades antiguas analizadas.
Es aplicable a cualquier caso donde el registro funera-
rio permita aislar series cronológicas basadas en la va-
riabilidad de los componentes de los ajuares u ofrendas
que acompañaron a los difuntos. Aquí se demostró
empleando el ejemplo de la Mesoamérica prehispánica
representada por la cuenca del río Balsas, México.
3. Este estudio ha verificado la existencia de la gue-
rra sistémica, es decir, cuando el conflicto bélico forma
parte del sistema sociopolítico y se convierte en un ins-
trumento para captar recursos. Su génesis cabe situarla
en el Clásico Tardío pero perdura hasta el periodo final
del Posclásico.
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ACABOSE DE IMPRIMIR
LA 39,2 EDICIÓN DE LA REVISTA
ARQUEOLOGÍA IBEROAMERICANA
EL DÍA 30 DE SEPTIEMBRE DEL AÑO 2018
EN EL LABORATORIO DE ARQUEOLOGÍA TEÓRICA,
GRAUS, ESPAÑA, COMUNIDAD IBEROAMERICANA DE NACIONES.
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